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La visible mano oculta: un sistema financiero que busca controlar a los Estados nacionales

Por Ariel Geandet / Miradas al Sur  

Sírvete de lo aparente como indicio de lo inaparente” afirmaba Solón, uno de los Siete Sabios de Grecia. Muchas veces se han mencionado los efectos negativos de la liberalización financiera, la globalización y el llamado “Consenso de Washington” para Latinoamérica desde comienzos de la década de los 70. Tanto la fuga de capitales como la evasión y la elusión impositivas son pruebas evidentes de ello a lo largo de toda la región.

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Por Ariel Geandet / Miradas al Sur  

Sírvete de lo aparente como indicio de lo inaparente” afirmaba Solón, uno de los Siete Sabios de Grecia. Muchas veces se han mencionado los efectos negativos de la liberalización financiera, la globalización y el llamado “Consenso de Washington” para Latinoamérica desde comienzos de la década de los 70. Tanto la fuga de capitales como la evasión y la elusión impositivas son pruebas evidentes de ello a lo largo de toda la región.

Dada la magnitud del problema y la participación, necesaria y casi perversa, de algunos grandes bancos internacionales –el caso de lavado de activos del HSBC en Suiza es un ejemplo–, es llamativo que recién ahora se comience a perseguir y castigar estas operatorias delictivas, luego de casi 40 años de conocer su existencia. Está claro que el cambio de paradigma es consecuencia de la crisis financiera de 2008 en EE.UU., que demostró que las potencias ya no pueden controlar al sistema financiero. Más aún, según un estudio del Instituto Tecnológico Suizo (2011), los bancos son los dueños del capital productivo, lo que les da mayor autonomía y poder de presión sobre los Estados. Luego de analizar el capital accionario de unas 50 mil empresas multinacionales, encontraron que casi el 40% de ese capital está en manos del sistema financiero internacional.

En la actualidad, el sistema financiero internacional es independiente de las decisiones de los Estado-Nación, inclusive de las potencias. Ronen Palan, profesor de la Universidad de Londres famoso por su trabajo sobre “Los Paraísos Fiscales”, afirma que aquella teoría de la dependencia, que mostraba una economía capitalista global conformada estructuralmente para facilitar masivas transferencias de capital desde los países en desarrollo hacia el mundo desarrollado, hoy ya no es exacta, dada la existencia de esas guaridas financieras, aunque el “resto del mundo” sigue siendo deudor neto con respecto a los países centrales.

Los flujos de capital que Latinoamérica ha transferido en los últimos 40 años a los países centrales y al sistema financiero internacional han sido compensados, por decirlo de alguna manera, por el endeudamiento internacional y la inversión extranjera directa. Durante el período 1970-2010, Latinoamérica proveyó a los centros de poder de 2,1 billones de dólares de salida de capitales y recibió cerca de 1 billón de dólares por deuda externa más otros 1,4 billones por inversión extranjera directa, según datos de James Henry. Es decir, financiamos con 2,1 billones y nos financiaron por 2,4. Muchos argumentos de política económica que han justificado los modelos conservadores en estos últimos 40 años se basan justamente en esto, recibimos más de lo que les damos.

A lo anterior se debe agregar que durante esas cuatro décadas la rentabilidad de los 2,1 billones de dólares que “hemos entregado” es cercana a un billón de dólares. Dentro de esa rentabilidad se encuentran contabilizados los intereses por deuda externa pagados por varios países y algunas de las rentabilidades de las inversiones extranjeras.

Es interesante observar el funcionamiento del mecanismo real. Si se considera que un país en desarrollo necesita financiarse, justamente para poder realizar inversiones y gastos sociales que potencien su crecimiento y justicia social, entonces hay que preguntarse: ¿cómo se financia? Las formas de obtener recursos no son muchas. La más virtuosa es cobrar impuestos para financiar obra pública, dar créditos blandos a las pymes para generar trabajo, financiar el desarrollo tecnológico, invertir en salud y educación para potenciar el capital humano.

Ahora bien, la forma alternativa de financiamiento y de “atajo” al desarrollo puede ser endeudarse con el exterior para financiar la obra pública y comprar los bie­nes de capital. También la generación de “reglas de juego” para la instalación de empresas internacionales con ingreso de dólares por inversión extranjera directa. Es decir, una vieja disputa entre desarrollo endógeno y exógeno. De todas formas, la argumentación en favor del financiamiento externo radica en que “se consiguen recursos extras” para acelerar el desarrollo.

Sin embargo, esta nota no apunta a esa discusión, la intención es ir un paso previo a la discusión sobre si es bueno o no financiarse con el exterior. El planteo es que los recursos recibidos desde el exterior, y por los que se pagan intereses y regalías, son los mismos que salen desde nuestros propios países. Nos financian con nuestra propia plata y, por ende, no tenemos ningún “salto” en nuestro desa­rrollo, sólo perdemos autonomía económica, política y social. De esta forma, cada vez son más los que se sienten con el derecho de ser “consultados” a la hora de tomar decisiones de política doméstica en cada país y justamente no son consultas electorales las que demandan.

El punto aquí no es plantear vivir de forma autárquica sino el grado de “globalización” óptimo. Ésta sí es una decisión política, aunque luego de las reformas de los ’90 los Estados han perdido muchos grados de autonomía: el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones (Ciadi), dependencia de los capitales golondrinas, fondos buitre, la transnacionalización de la industria, los programas del FMI, entre tantas otras herramientas de control y presión. De alguna manera, pertenecer al “club de buenos países” implica cobrar bajos impuestos, hacer la vista gorda si evaden o eluden, no controlar los flujos de capitales ni tampoco sus sobre o subfacturaciones, sus importaciones o exportaciones, priorizar las necesidades de los grandes empresarios sobre aquellas de los sectores pymes, y muchos otros mecanismos. Todo eso refuerza enormemente la dependencia e impone una cultura.

La forma de evitar que los países se desfinancien es dar la batalla pública de cuánto deben pagar los capitales concentrados y cómo se los controla. Al mismo tiempo, si se toma deuda, preguntar para qué, por qué y cómo.

En conclusión, muchos de los autores que coinciden con este tipo de análisis afirman que la única manera de enfrentar a esas estructuras económicas y financieras es mediante acuerdos de control supranacionales. Puede ser, pero cada país también puede avanzar localmente con las herramientas que le son propias, por ejemplo cobrando y controlando más a los grandes jugadores. El problema de los acuerdos planteados es evitar la cesión de soberanía y la convalidación del poder que intentan recuperar los países centrales en la nueva mesa de decisiones.

Está claro que el mundo cambió y que ya no estamos en el mundo unipolar de los ’90. Sin embargo, debemos cuidar que las decisiones que se tomen a la hora de crear nuevos organismos representen las voluntades populares de sus países miembros y no ser cómplices de la creación de un nuevo instrumento del “nuevo orden mundial”, donde gobiernen las elites dominantes, que no necesariamente son los representantes de los Estados-Nación.

Miradas al Sur, Buenos Aires.

 

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