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¿Los ciberespías militares no pueden ser investigados?

Por Cecilia Orozco Tascón  

El General Jorge Zuluaga, suspendido jefe de Inteligencia Técnica del Ejército y de quien dependía la sala de piratas cibernéticos que allanó la Fiscalía, apeló a sus éxitos y a los de sus hombres en la operación Jaque, sin duda una tarea triunfal de rescate de secuestrados en la que participaron él y su grupo, para dar a entender:

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Por Cecilia Orozco Tascón  

El General Jorge Zuluaga, suspendido jefe de Inteligencia Técnica del Ejército y de quien dependía la sala de piratas cibernéticos que allanó la Fiscalía, apeló a sus éxitos y a los de sus hombres en la operación Jaque, sin duda una tarea triunfal de rescate de secuestrados en la que participaron él y su grupo, para dar a entender:

1.- que por ser ellos quienes le dieron “gloria al país”, los investigadores de la Fiscalía no pueden examinar sus actos del presente, seis años después de ese operativo. 2.- que si se les investiga, se mancilla “su honor”. Crasas equivocaciones, ambas antidemocráticas. Sus argumentos tendrían que ser otros y su actitud distinta a la de atrincherarse, como desafortunadamente sucede con la mayoría de los militares cada vez que se cuestiona alguna de sus conductas en el ejercicio legítimo de vigilancia entre poderes, fundamento de los sistemas políticos libres, el que supone que se practica en Colombia.

Veinte minutos de transmisión en directo a través de W Radio empleó el general Zuluaga en hacer su introducción al tema, repito, parapetándose antes de responder preguntas. Apenas entonces, cuando nos enrostró lo que les debemos a los uniformados de la sala Andrómeda, los héroes de Jaque, empezó a abordar la materia que les preocupa hoy a los colombianos: saber si quienes pertenecen a los organismos estatales que protegen la seguridad nacional, y en el caso que le compete a él, Inteligencia del Ejército, aprovechan su labor institucional para desviarse hacia propósitos tal vez menos gloriosos, como por ejemplo, el de hackear los correos del presidente de la República, comandante supremo suyo y de todas las Fuerzas Armadas. Y si, habiéndose atrevido a irrespetar la privacidad del jefe de Estado, sus agentes creen tener la autoridad de espiar los correos, textos de celular, cuentas y demás datos de todos los ciudadanos comunes, sin contar con esa que les debe parecer una nimiedad, una orden judicial.

Hay que aceptar, con una visión realista pero no conformista, que nada de raro tiene que ello ocurra en desarrollo de esa alucinación colectiva que ataca a los combatientes y que los hace ver enemigos hasta en un jardín infantil. Lo grave es que quienes los dirijan, en lugar de moderar la locura de seres que uno supone menos analíticos, hagan parte de ella y la incentiven. Y esto es lo que angustia de oír al general Zuluaga, ofendido no con sus subalternos que hubieren podido transgredir los límites de ley y manchar, así, su uniforme, sino con los funcionarios que, investidos del poder de la Justicia, allanaron un sitio a todas luces sospechoso, tanto, que el propio Zuluaga admite que desde allí se ejecutaban labores encubiertas. No estaba, pues, tan desencaminado el CTI.

Aparte de afirmar sin demostrarlo, que sus leones de la selva, los superhombres de Jaque, no poseen equipos de interceptación y solo se dedican ahora, desde Andrómeda, a realizar “acercamientos con las comunidades de hackers de los café-internet”, explicación que supone que padecemos de tontería, el general Zuluaga no dijo una palabra sobre cómo fue posible que el expresidente Uribe supiera con exactitud, horas antes de que se adelantara otra operación de Inteligencia, que dos jefes de las Farc iban a ser trasladados a Cuba y cómo conoció las coordenadas geográficas precisas donde se iba a iniciar el viaje. Sobre ese ‘milagro’ nunca nos dieron una justificación y el general no dio la cara. Eso se quedó así: una falla del servicio, cubierta por un conveniente olvido. Diría uno, ingenuo, que tal información debió salir de algún contraespía de la ahora denominada Inteligencia Técnica. Pero cabe otra posibilidad: que la hayan infiltrado los amigos del expresidente a quienes les gusta seguir sus propias reglas y que nadie los investigue.

El Espectador, Bogotá.

 

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