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Michelle Bachelet propinó contundente derrota al pinochetismo

Por Mercedes López San Miguel / Página/12  

A 40 años del golpe militar, Bachelet prometió realizar las reformas necesarias para hacer de Chile un país más justo, ante miles de seguidores que festejaron su triunfo frente al cuartel general de campaña en un hotel de Santiago.

Los símbolos enseñan el momento que vive Chile. Michelle Bachelet, hija de un general leal a Allende, le ganó de forma arrolladora, con el 62,16 por ciento de los votos, a Evelyn Matthei, hija de un general pinochetista, quien obtuvo el 37,83 por ciento

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Por Mercedes López San Miguel / Página/12  

A 40 años del golpe militar, Bachelet prometió realizar las reformas necesarias para hacer de Chile un país más justo, ante miles de seguidores que festejaron su triunfo frente al cuartel general de campaña en un hotel de Santiago.

Los símbolos enseñan el momento que vive Chile. Michelle Bachelet, hija de un general leal a Allende, le ganó de forma arrolladora, con el 62,16 por ciento de los votos, a Evelyn Matthei, hija de un general pinochetista, quien obtuvo el 37,83 por ciento

de los sufragios. Ocurrió a 40 años del golpe militar contra el líder socialista. Ante sus seguidores, reunidos frente a un hotel del centro de Santiago, Bachelet prometió realizar las reformas necesarias para hacer de Chile un país más justo. “Hoy abrimos una nueva etapa. Es un privilegio encabezar la patria en un momento histórico, en el que el país se miró las heridas y ve las tareas pendientes. Gracias a los jóvenes que reclamaron un modelo de educación sin lucro. Porque los sueños no son un bien de mercado.”

Desde el escenario que compartía con su equipo de campaña de la coalición Nueva Mayoría y junto su madre, Angela Jeria, la líder socialista hizo hincapié en el proyecto que encabezará a partir del 11 de marzo. “Triunfan quienes anhelan una educación de calidad para sus hijos y nietos y quienes buscan combatir la desigualdad.” Y continuó: “Tendremos una nueva Constitución, nacida de la democracia”, palabras que motivaron el aplauso estruendoso de los presentes. “Creo en ella. La Michelle propone además una jubilación estatal, para salirse del sistema de previsión que impuso Pinochet”, dijo a los gritos y los aplausos José Ríos, 57 años, conserje.

La médica socialista, que obtuvo una ventaja inédita sobre su rival, se refirió a la alta abstención del electorado, en torno del 58 por ciento. “Espero que sea la última vez que un compatriota no pueda votar por estar lejos de su patria. Quiero saludar a los que no votaron. Aquellos que sienten que el Estado no los protege. Nos damos una gran tarea para que los chilenos vuelvan a creer en la democracia, que crean en la fuerza del voto, en la justicia de las leyes.”

“Se siente, se siente, Michelle presidente” coreaba el estudiante de trabajo Social José Piña, de 24 años. Militante del Partido Socialista, se mostró convencido de que la coalición de centroizquierda liderada por la ex mandataria de 62 años podrá realizar las promesas de campaña. “Bachelet es la persona que va a cambiar la constitución y va a realizar reformas profundas en la salud y la educación.”

Sucede que la ex Concertación sumó en sus filas al Partido Comunista y sus aliados, ampliándose e incorporando a su agenda temas clave que surgieron en las protestas callejeras de 2011, como la educación, la reforma tributaria y el cambio constitucional. Además, consiguió una mayoría relativa en el Congreso, con la que espera sacar adelante su programa de gobierno, en algunos casos en soledad y en otros, por consenso con la oposición.

Bachelet agradeció la visita de su rival, Evelyn Matthei, lo que motivó chiflidos entre sus seguidores y gritos de: “¡Asesinos, asesinos!”.

Es que momentos antes la candidata de la Alianza (Renovación Nacional-UDI) había reconocido entre llantos el triunfo de su contendiente. Frente a sus simpatizantes en la sede de su campaña, Matthei dijo que no fue capaz de remontar la elección a pesar del esfuerzo. “El tiempo y la historia demostrarán que los principios que defendemos trascenderán: el valor de la vida, el principio de la libertad, que heredamos de nuestros padres y abuelos”. Y dijo más: “Ni una nueva Constitución ni una Asamblea Constituyente son lo fundamental. El ‘sí se puede’, no termina hoy.”

Para el sociólogo Manuel Antonio Garretón, profesor de la Universidad de Chile, existen varios elementos que contribuyeron a que la población eligiera un nuevo proyecto de país. “El centroizquierda se rearticuló tras la derrota del 2010, incorporando al Partido Comunista y capitalizando los reclamos sociales del 2011. Así se convirtió en una coalición transformadora. Ya no se trata de corregir y democratizar el modelo económico neoliberal, sino que se trata de sustituirlo. En general, los países vecinos lo hicieron al término de sus dictaduras.”

De alguna manera, es el final de un largo duelo que atravesó buena parte del país. Michelle Bachelet y Evelyn Matthei, compañeras de juegos de la infancia, dos mujeres que vivieron el pasado más doloroso de Chile desde distintas trincheras; una perdió a su padre a causa de las torturas; la otra tuvo un progenitor que formó parte de la junta militar. Alberto Bachelet y Fernando Matthei tuvieron una historia de amistad que quedó trunca.

Algunos analistas, como Garretón, no dudan de que se abre un nuevo capítulo en el país. “Si el proyecto de Bachelet moviliza al país, los sectores de la derecha van a tener que pensar alternativas por fuera del esquema de la dictadura, entonces podrían romper sus vínculos con Pinochet. Esa sería la refundación de la derecha. De lo contrario, seguirá su debacle en las próximas contiendas electorales”, afirmó el sociólogo.

A diferencia de Piñera, Matthei votó por el Sí a la continuidad de la dictadura, y defendió al represor cuando fue detenido en Londres en 1998. El actual mandatario siempre se distanció de los acalorados defensores de la obra de Pinochet y eso en parte explica el fracaso de la alianza de la derecha. Matthei, representante del ala más ultra, la UDI, sostuvo esos vínculos con el pasado. Hasta llegó a decir, durante el recordatorio de los 40 años del golpe, que ella no tenía que pedir perdón porque era una jovencita de 20 años. De ahora en adelante, los sectores de la derecha chilena tendrán el reto de refundar sus bases.

En esa línea de renovación, Eugenio Tironi, en el libro ¿Por qué no me quieren? Del Piñera way a la rebelión de los estudiantes señaló que los jóvenes que jaquearon el gobierno actual reclamando una enseñanza educativa gratuita de calidad y un cambio profundo del modelo heredado del pinochetismo “no conocen otra cosa que la democracia. Esto los separa radicalmente de la experiencia de sus abuelos y padres, que vivieron el autoritarismo y la transición. Hay otra diferencia sustancial entre la actual generación y las precedentes: la forma de evaluar el pasado, en particular lo más lacerante: la violación a los derechos humanos en el período 1973-1990. No temen saber, preguntar, hurgar”.

Durante el día, a pasos del palacio de La Moneda, en el Instituto Superior de Comercio, donde votaba Pinochet en la mesa N° 1, el ir y venir de personas no arrojaba ningún indicio sobre lo que sería la alta abstención. Un señor salía con su hijo pequeño, que gritó: “¡Votamos a la Evelyn!”, y el padre, contrariado, dijo “No es cierto”. A su lado, caminó con paso firme un hombre grande, que fue carabinero hasta el año ’75. “Voté por Bachelet porque nunca he votado por la derecha, porque sé lo que hicieron –dijo Nicolás Cortés–. Los abusos no corren conmigo.” El ex carabinero dijo que el gobierno actual le parece malo. “Es un supermercado con propaganda, oferta y nada más.”

Costaba encontrar una mujer entre los electores, dado que solía ser un colegio en el que votaban solo hombres. Vestido de traje, Pelayo Correa, 82 años, dijo que “jamás votaría por la derecha”. “Mi familia elige por tradición a la derecha. Pero yo tengo una visión más abierta, libre, jesuita.” Correa trabajó en las empresas de su familia hasta jubilarse. Su aspecto recuerda a los caceroleros de Recoleta. El votó por Bachelet. “Estoy de acuerdo con las propuestas, pero no tanto con la Asamblea Constituyente. No sé hasta dónde la van a instalar, no lo veo posible.”

La historia está llena de símbolos. En un colegio donde votaba Pinochet y todo su gabinete en pleno, ayer era difícil dar con un votante de Evelyn Matthei.

La deuda pendiente es la desigualdad

Según la Universidad de Chile, el ingreso per cápita del 10 por ciento más pobre de la población es 78 veces menor que el del 10 por ciento más rico. Es el legado de políticas neoliberales impuestas bajo la dictadura de Augusto Pinochet.

Chile, con sus 16,5 millones de habitantes, suele ser elogiado por el FMI por su estabilidad económica, desarrollo y sólidas instituciones. El país trasandino forma parte de la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico), que agrupa a los países más ricos. Ese es un lado de la moneda. El otro pudo verse sin maquillaje a través de las cámaras de televisión tras el terremoto de 2010: la desigualdad en términos de ingreso y acceso a educación, salud y jubilación.

En el país se redujeron drásticamente los niveles de pobreza en los últimos 23 años (de un 45 por ciento de la población en 1990 a un 14,4 por ciento en 2011). Sin embargo, en el último período esta disminución ha sido mucho menor, por lo que se habla de una “pobreza dura”, la que además es mucho más dramática en las zonas suburbanas o rurales que en las grandes ciudades.

La enorme brecha que separa ricos de pobres ubica al país como uno de los más desiguales del continente. Según la Universidad de Chile, el ingreso per cápita del 10 por ciento más pobre de la población es 78 veces menor que el del 10 por ciento más rico. Las políticas impuestas bajo la dictadura de Augusto Pinochet, de corte neoliberal, que veinte años de gobierno democrático del centroizquierda de la Concertación no cambiaron (menos aún el último gobierno, conservador, de Sebastián Piñera), actúan como corset para aplicar reformas sociales y fomentan la exclusión de muchos. Consuelo Silva, investigadora de la Universidad Arcis, señaló a esta enviada que la desigualdad es un fenómeno inherente al llamado milagro chileno. “En el actual modelo económico imperante en el país, no ha existido una política de redistribución del ingreso, porque se asume que el mercado es el mecanismo que distribuye los ingresos de manera eficiente y óptima. Esta ha sido la postura de todos los gobiernos en los últimos cuarenta años, aunque con algunos matices de diferencia. Por ejemplo, el primer gobierno de la Concertación (1990-1994), encabezado por Patricio Aylwin, planteó la idea de un ‘crecimiento con equidad’, la cual se abandonó rápidamente.”

Silva señaló que la solución a este flagelo sólo se consigue con cambios de fondo. “En lugar de las políticas redistributivas, se han implementado programas que buscan reducir los niveles de pobreza, los cuales son focalizados y temporales. Por tanto, quien tenga como propósito provocar una real redistribución del ingreso debería llevar a cabo una serie de reformas en áreas claves de la economía y de la sociedad, como es el caso del mercado laboral, en el ámbito de la educación y en los regímenes tributarios.”

Las masivas protestas que protagonizaron los universitarios en 2011, reclamando el fin del lucro en la educación, mostraron al mundo que el modelo de enseñanza en el vecino país se rige bajo las reglas del mercado. Es que la Ley General de Universidades, sancionada en 1981, delineó la privatización del financiamiento de la enseñanza superior y hoy los universitarios no pueden estudiar gratis y se endeudan para pagar sus carreras. A nivel secundario, sólo el 40 por ciento accede a colegios públicos gratuitos (municipales); el resto asiste a particulares privados (que reciben subvención del Estado) y el diez por ciento más rico de Chile paga colegios privados exclusivamente, que suelen ser los de mejor calidad.

La lógica de que quien gana más accede a un mejor servicio se reproduce con el sistema de salud. La gran mayoría de los chilenos pueden optar por la derivación del 7 por ciento del salario para las privadas Isapres (Institución de Salud Previsional) y el estatal Fondo Nacional de Salud (Fonasa), de acuerdo con un modelo vigente desde 1981. Aquellos que por tipo de sueldo no pueden acceder a un plan básico son derivados al Fonasa. De hecho, un 82 por ciento de la población aporta a esta última cobertura, y es recurrente la queja de los pacientes que entran en listas de espera para recibir un tratamiento u operarse. Además de que deben pagar aparte algunas prestaciones de salud. Un dato no menor es que dos tercios de los médicos trabajan en clínicas privadas.

Página/12, Buenos Aires.

 

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