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Por Alfredo Molano Bravo  

Uribe debe estar iracundo con el primer paso que ha dado Venezuela para echar un balde de agua a la hoguera que se viene armando.

A Uribe le gusta la guerra. Le gusta romperle la cara a quien no opine como él, a quien no le obedezca, a quien no lo elogie. Durante sus sangrientos mandatos puso toda su fuerza en hacer la guerra no sólo contra las guerrillas, sino contra los movimientos sociales de protesta, sindicales, campesinos.

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Por Alfredo Molano Bravo  

Uribe debe estar iracundo con el primer paso que ha dado Venezuela para echar un balde de agua a la hoguera que se viene armando.

A Uribe le gusta la guerra. Le gusta romperle la cara a quien no opine como él, a quien no le obedezca, a quien no lo elogie. Durante sus sangrientos mandatos puso toda su fuerza en hacer la guerra no sólo contra las guerrillas, sino contra los movimientos sociales de protesta, sindicales, campesinos.

Resucitó las archivadas y descoloridas banderas sectarias y dogmáticas de Laureano Gómez. Llama traidor a Santos porque no le siguió la cuerda; quería el expresidente seguir mandando a través de quien fue su ministro de Defensa y luego volver a mandar con Zuluaga y seguramente mañana querrá hacerlo con Peñalosa. Instaurar, en dos palabras, una dinastía que satisficiera sus feroces instintos e intereses belicistas. Estuvo en la frontera, altavoz en mano, soplando el cornetín. Quiere ser el jefe de la oposición también en Venezuela y lo que ha conseguido es hacerle la segunda voz al nacionalismo de Maduro. Ambos andan a la cacería de votos para las elecciones y los dos recurren al viejo truco de pelear con el vecino para que la mujer no los deje.

Santos ha sido prudente. Tiene una flema inglesa, aprendida en los muchos años vividos en la pérfida Albión, a la que añade una delicadeza cachaca, casi sibilina. También necesita votos para impedir que los halcones se coman el pichón antes de que vuele solo. Porque lo que está en juego en la frontera no es sólo cuestión de la dignidad de la patria, ni de la plata de los exportadores de pollo a Venezuela, sino, ante todo, para muchos, las negociaciones de La Habana. Es ahí donde Uribe tira. Ha tirado desde antes, desde siempre. Ahora tiene entre ojos a Unasur, para no decir a Samper, porque habló de los protegidos del uribato. Sin guerra se queda sin armas, solo con su retrato en óleo en el Museo Nacional, descontando, claro, los sumarios de sus colaboradores más cercanos e íntimos. Sin el ruido de cañones quedaría más “atollado que vaca en barrial”, para usar una frase, muy suya, sobre un negocio que tan bien conoce.

Las cosas como van, van a un encuentro entre los jefes de Estado de ambos países, como debe ser. Los niños ya van a la escuela al otro lado de la baliza; no demoran en llegar los camiones con los chécheres y motetes a Cúcuta. Tendremos que aprender a vivir a pesar de las diferencias de los sistemas políticos y, sobre todo, de los modelos económicos que nos distinguen. Que Uribe se quede soplando la zampoña, no nos importe una moña, como diría el gran León.

El Espectador, Bogotá.

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