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¿Nuevo lenguaje?

Por Alfredo Molano Bravo  

La corona y la Iglesia Católica hicieron de su lucha contra el infiel una sola bandera, que primero sirvió contra el Islam, después contra los naturales de Indias y por último contra el protestantismo. Y organizaron, contra los que consideraban sus enemigos —fuéranlo o no—, cruzadas formidables y sangrientas.

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Por Alfredo Molano Bravo  

La corona y la Iglesia Católica hicieron de su lucha contra el infiel una sola bandera, que primero sirvió contra el Islam, después contra los naturales de Indias y por último contra el protestantismo. Y organizaron, contra los que consideraban sus enemigos —fuéranlo o no—, cruzadas formidables y sangrientas.

Toda la Colonia estuvo marcada por esas luchas y se construyeron sobre los indígenas fabulosas mentiras: que tenían riquezas incontables pero que muchos tenían dos cabezas, que comían carne humana y practicaban la sodomía. Cuando los criollos se levantaron contra el rey, dejaron de ser españoles para convertirse en fichas de Inglaterra o de Lutero o del mismo Satanás. El poder siempre necesita enemigos y los elabora con sus propios demonios.

Durante el siglo XIX, los liberales eran para los conservadores, ateos, herejes y masones. Y los conservadores eran para sus rivales, los asesinos de Bolívar, los enemigos de Cristo Rey y los propagadores del vicio. Desde mediados del siglo XIX, unos y otros tildaban de socialistas y de comunistas a los intelectuales que se oponían al libre cambio en defensa de los artesanos de Bogotá y los tejedores de Santander, mucho antes de que Marx hubiera escrito El capital. Y así.

En los años 30, cuando triunfaron los republicanos en España y el rey dejó todo manga por hombro, estalló la guerra civil, cuyos lenguaje y ropaje importamos. Había cierta similitud en los procesos, pero eran historias distintas. Laureano podía ser partidario del nazismo, pero no era Hitler; Eduardo Santos podía ser amigo de los republicanos, pero no era el general Lister.

En la segunda posguerra, cuando el macartismo se hizo prácticamente doctrina de estado en EE.UU., lo plagiamos mondo y lirondo. Marulanda dejó de ser un guerrillero liberal para ser un estafeta soviético. Todo crítico del sistema comenzaba siendo para los propagandistas del sistema un criptocomunista, luego lo ascendían a comunista y finalmente lo graduaban de terrorista. Naturalmente que los comunistas —que sí existían de verdad— se defendían apelando a tan siniestra lógica, maniquea y dogmática. Durante los últimos 50 años ninguna de las partes que han hecho la guerra cambiaron el esquema: la derecha es reaccionaria y asesina, la izquierda es terrorista e incendiaria.

Hace unos meses las cosas comenzaron a cambiar ligeramente en boca de Santos y más notoriamente en los comunicados de las Farc. Hay menos grosería en las palabras del presidente y más matiz en las declaraciones de las guerrillas. Queda vociferando —como si nada pasara, como si nada fuera a pasar— el ministro de Defensa, militar que no pudo serlo. Es una voz de la oposición uribista metida en el Gobierno. Las Farc se toparon de manos a boca con la opinión pública, un ente que creían fabricado por los medios, lo que no es estrictamente falso. Pero han entendido que el lenguaje de la plaza pública no puede ser el mismo que se usa en las trincheras. Un gran avance que hace pensar que se preparan de verdad para otros escenarios y para asumir nuevas y distintas responsabilidades políticas.

Mientras tanto, el uribismo, esté en el Gobierno o en el parlamento, se niega a vivir el presente y a aceptar el futuro que golpea la puerta con buenas maneras. Podemos estar asistiendo a un rompimiento histórico que la derecha está dispuesta, aun con armas —como siempre— a impedir.

El Espectador, Bogotá.

 

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