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Petróleo y devaluación

Por Eduardo Sarmiento Palacio  

Durante diez años advertimos que la especialización en actividades intensivas en recursos naturales es ineficiente e inestable. Las economías quedan expuestas a grandes revaluaciones y devaluaciones que impiden el desarrollo de las actividades de mayor contribución al valor agregado y al empleo e interfieren con el normal funcionamiento de las economías.

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Por Eduardo Sarmiento Palacio  

Durante diez años advertimos que la especialización en actividades intensivas en recursos naturales es ineficiente e inestable. Las economías quedan expuestas a grandes revaluaciones y devaluaciones que impiden el desarrollo de las actividades de mayor contribución al valor agregado y al empleo e interfieren con el normal funcionamiento de las economías.

Los accidentes de estas economías se denominan enfermedad holandesa. El término es ampliamente empleado, pero su significado no siempre se conoce. En el fondo no es otra cosa que la consecuencia del incumplimiento de la teoría de ventaja comparativa y libre mercado que recomiendan e inducen a los países a especializarse en los bienes que generan más divisas, porque de esa manera pueden adquirir más productos en los mercados internacionales. La explicación es elemental: como más del 60% del gasto se realiza en bienes no transables, la expansión de las actividades de alto contenido de divisas sólo se destina en una fracción para adquirir bienes en el exterior. Las economías quedan expuestas a abundancias de divisas que revalúan el tipo de cambio, abaratan las importaciones y elevan artificialmente los salarios. Por lo demás, la revaluación induce entradas de inversión extranjera, que se refuerzan configurando un círculo vicioso. En Colombia adquirió la forma de la quintuplicación de las importaciones en diez años que desmanteló la industria y la agricultura, y configuró un déficit en cuenta corriente de 4,5% del PIB.

La otra falla está en las teorías de equilibrio que predicen que los precios siguen las tendencias más recientes. Esta actitud irracional es especialmente curiosa en el petróleo. La cotización que en las últimas décadas fluctuaron alrededor de US$40, en los últimos años se vio seriamente afectada por la severa intervención de la OPEP, que mediante la reducción de la producción y el control de la oferta triplicó los precios con respecto a los costos promedios. Como muestra la experiencia de siglos, semejante manejo no es sostenible. Los altos precios indujeron a aumentar la producción de los países fuera de la OPEP y reducir la participación de los de adentro. El cartel se quebró. Todos los países encontraron que cada vez es más difícil influir en los precios y que el mejor camino es aumentar la producción. Se configuró un exceso de oferta mundial que precipita los precios a la baja. Por mucho tiempo se verán cotizaciones entre US$40 y US$55.

Las nuevas circunstancias configuran la segunda parte de la enfermedad holandesa. Los países que experimentaron desbordamientos de las importaciones y conformaron déficits financiados con inversión extranjera, ahora los verán incrementados por la caída de la factura petrolera. Así, en Colombia puede llegar a 6% del PIB, lo que generaría una fuerte escasez de divisas que dispararía la devaluación y provocaría mayores salidas de capitales. La economía queda expuesta a la elevación de la inflación, la baja del salario y la contracción de la demanda, la producción y el empleo.

El proceso es destructivo. En las épocas de altos precios de los productos básicos, la industria y la agricultura se desmantelan, en tanto que en las épocas de bajos precios, los salarios reales bajan y la actividad productiva se frena.

Los hechos han confirmado que el camino del desarrollo no es la adquisición de bienes abaratados en el exterior. En su lugar se plantea una política industrial y agrícola que partiendo del mercado interno propicie una estructura de alta productividad impulsada por el aprendizaje en el oficio y la innovación tecnológica.

El Espectador, Bogotá.

 

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