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Paro, techos del cielo y los Sin nada

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Sin acuerdos en la mesa, ni siquiera para comenzar a negociar los nudos del
Paro, las esperanzas se centran en los alcances que se desprendan de la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos que llega al país a inicios
de la semana entrante en medio de las más extraordinarias movilizaciones
registradas en el país. Así mismo, en medio de las más impresionantes
expresiones de la derecha
Por Fernando Quintero Rivillasi
Día 35 del inicio de una parálisis social sin parangón en la historia del país y sin acuerdos entre las
partes que, por fortuna, acordaron establecer la mesa de diálogo, pero no encuentran el lenguaje
apropiado para escalar hacia la negociación, anhelada por las mayorías, repudiada por una minoría
interesada en incendiar el país. Aún más, porque esto estará tan caliente que en menos de una
semana hace su arribo al país la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la ONU, visita
que al gobierno le entró en r Pero ¿qué va a encontrar?
Escenas surrealistas, al menos en los testimonios y las pruebas documentales de la gente.
Hombres de civil con armas de largo y corto alcance escoltados por agentes de la Policía Nacional
disparando de manera indiscriminada contra los participantes en las protestas. Agentes de tránsito
haciendo oídos sordos del reclamo ciudadano para intervenir un automóvil cuyas las placas se
encuentran cubiertas por plásticos, pero también por unidades del Ejército Nacional que se paran
enfrente tratando de reducir la visibilidad de la placa tapada. Jóvenes capturados en distintos
sitios que posteriormente aparecen incinerados después de haber sido transportados en vehículos
de la fuerza pública a ojos vistas de todo el mundo, como desafiando la era de las redes y las
comunicaciones. Otros más que no aparecen. Ni siquiera sus cuerpos.
De manera alterna, los brotes de la llamada “gente de bien” del sur de Cali que irrumpieron en la
palestra pública disparando contra indígenas de la Minga y comienzan a transformarse en grupos
que se movilizan por su derecho a vivir sin paros ni protestas ni nada que les afee el paisaje. Y
alaridos amenazantes por doquier, en ocasiones machete o pistola en mano, porque alguien
transita por la que considera su acera, mientras la institucionalidad cae a los niveles más bajos en
la historia republicana de Colombia, y la pandemia rompe techos.
Es que tras el Decreto 575 ya ni se habla de la necesidad de decretar el estado de Conmoción
interior, tampoco del golpe de estado. Para qué desgastarse en eso si se trata de ejecutar dichas
figuras, pero bajo formas más blandas, menos duras.
¿Entonces estamos frente a la famosa “revolución molecular reducida” de Uribe Vélez? Podría ser.
El hecho es que Cali tiene mucho que explicar frente al desbarrancadero al que llevan al país. Todo
parece perfectamente libreteado. Fue en Cali donde hicieron su aparición los capuchos aquellos al
inicio del toque de queda del 21 de noviembre de 2019, el inicio de la primera jornada de protest
de gran envergadura, sembrando el pánico entre los habitantes de los conjuntos residenciales. Las
escenas se repitieron a la perfección 24 horas después en Bogotá. Con vándalos o amenazantes
trasportados en vehículos de la Policía, como quedó registrado en videos.
Cali, sobre todo, es donde viene pasando de todo: desde torturas, aprehensiones, asesinatos y
desapariciones de jóvenes, hasta la irrupción de hordas virulentas de ‘camisas blancas’,
incendiando y arrasando todo a su paso, muchos de ellos dotados de chalecos antibalas. Sin
explicación alguna. Sólo el mensaje no muy subliminal sino contundente: ¡o se callan o lo
callamos!
Lo único, tal vez, que la recién nombrada canciller colombiana, la vicepresidenta Martha Lucía
Ramírez, durante su periplo por Estados Unidos no fue recibida por su par en USA, Kamala Harris.
Sólo consiguió ser atendida por funcionarios de tercera o cuarta, muy importantes, eso sí. Y
tampoco trajo de regreso un solo dólar nuevo, como sus asesores de prensa trataron venderlo
ante la opinión pública. No. Su gestión fue por impedir que nos quitaran las migajas que desde el
norte nos arrojan. Se mantienen, pero mutilados. Es que ni siquiera pudo impedir la visita de CIDH
de la ONU. Más bien aprovecharon que ella estaba allá para fijar fecha y hora: junio 8.
Rompiendo récords.
Cuando convocaron la jornada nacional del pasado 28 de abril nadie imaginó el detonante que la
protesta estaría a punto de activar. Hasta su nombre Paro Nacional, parecía un despropósito dado
el largo período de confinamiento, aislamiento social, alertagamiento y sobredosis de farfullarías y
fantochadas de los poderes todos. Ni los más utópicos, desubicados, o despistados calculó lo que
sobrevendría. Nadie.
El Comité Nacional de Paro se echaba al agua de nuevo a sabiendas que no pasaba por su mejor
momento después de liderar las apoteósicas jornadas del 21 de noviembre de 2019 -21N- que
presagiaban confrontaciones de mayor contundencia. Con multitudes reverberantes que
emulaban la fuerza y fragor de las juventudes chilenas un mes atrás, la cosa sería a otro precio.
Pero el manto de la pandemia lo cubrió todo. La efervescencia social quedó congelada.
Las preguntas continúan rondando los centros de investigación: ¿por qué tan amplios
contingentes de hombres y mujeres, en su inmensa mayoría jóvenes, abandonaron sus hogares de
reclusión para lanzarse a las calles en búsqueda de lo que no se les había perdido? Con las
amenazas de plomo y virus acechando, ¿estamos entonces frente a una suerte de suicidio
colectivo a la que se sometía la gente a sabiendas que podían fallecer en el intento?
Los riesgos siguen siendo altísimos. En Colombia, con uno de los peores del planeta tierra en el
manejo del Covid 19, sólo comparables con India y Brasil, guardadas las proporciones, la
muchachada se transformaba en blancos perfectos para lanceros talla mercenaria. Bien para
adquirir gratis el virus, también para acabar muertos al son del gatillo.
De todas formas, el paro arrancó, pegó como nunca, y cuando comenzaba a verse una luz al final
del túnel gracias a los avances alcanzados por separado en Cali y Bogotá entre las partes, después
que sus mandatarios reajustaron sus agendas ante el fenómeno que enfrentaban, se produjo otra
fractura. La alcaldesa de Bogotá, Claudia López, se atrevió a desafiar el Decreto 575 anunciando
que no permitiría la llamada asistencia militar en su territorio, en coincidencia con los mandatarios
de Neiva y el Huila, otros de los entes territoriales que serían intervenidos por la fuerza gracias a
las disposiciones del ejecutivo central que degrada 8 gobernaciones y 13 alcaldías. Por su parte, el
alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, elevó a rango de Decreto el acuerdo pactado con las primeras
líneas de la resistencia. En vano por ahora, porque el teléfono roto con el gobierno central.
El velo corrido.
Tal vez ese tipo de medidas impositivas dictadas de manera terca desde arriba fue el velo que un
año después del confinamiento desató el más grande poder de convocatoria que jornada alguna
jamás había alcanzado, dentro y fuera de nuestro territorio. Exactamente el mismo tiempo con
presidente al aire diariamente en horario televisivo Triple A tratando de escenificar el país de las
maravillas mientras la realidad dura y cruel enseñaba un mundo radicalmente distinto.
Ese miércoles 28 de abril torrentes de hombres y mujeres se tomaron las calles y carreteras de
muchísimas ciudades, poblados y veredas del país. La nota predominante la llevaban los jóvenes,
mascarillas puestas como los demás participantes, distanciamiento escaso. Pues con solo mirarse a
los ojos, los manifestantes de manera implícita convirtieron aquella jornada en un paro de
carácter indefinido. Nadie se quería ir de los puntos de encuentro. Por el contrario, muchos
buscaban dónde aparcar sus penas y frustraciones, de repente para darle el gusto perdido al
estómago. Los bloqueos primaron.
Y desde entonces, mucha agua ha corrido bajo el puente. Pero, contra todo pronóstico, la nota
predominante provino de la Sultana del Valle. Sí, la misma capital que año y medio atrás -21 de
noviembre de 2019- al término de la jornada de protesta ese día y al inicio de toque de queda
decretado, sufrió impresionantes escenas de pánico colectivo por cuenta de grupos de capuchos
que llegaban amenazantes a las entradas de los conjuntos residenciales, con caras de estar a
punto de iniciar escabrosas orgías de saqueo y sangre. Las redes reventaron, la desazón y el
desconcierto reinaba.
Dichas escenas se repitieron tal cual, al día siguiente en Bogotá, sin que hasta el momento
autoridad alguna haya intentado al menos una explicación al respecto. Con una víctima fatal.
Dada la entereza con que caleños y vallecaucanos asumieron la responsabilidad de no dejarse
doblegar por la fuerza pública en los puestos de resistencia que improvisaron, en distintos lugares
del país la muchachada empezó a corear consignas de respaldo y solidaridad con Cali. Las listas de
víctimas que comenzaron a escribir el 21N siguieron alargándose de manera implacable. A Lucas
Villa en Pereira lo marcaron antes de propinarle ocho tiros en un radio de cinco centímetros a la
altura del cuello. Como prueba del despropósito contra un juglar, su cuerpo se resistió varios días
a fallecer.
Al joven músico Álvaro Herrera Melo, civiles armados lo apresaron en inmediaciones entre la
Universidad del Valle y su vivienda, lo entregaron a una patrulla de la policía, y uno de los
uniformados propuso que lo desaparecieran.
Los organismos de derechos humanos hablan de 70 víctimas fatales, 150 heridos y cientos de
desaparecidos, cifras tan escabrosas como la reaparición de cadáveres jóvenes a la vera de los
carreteables, con sus rostros destrozados con ácido, también flotando sobre las aguas del río
Cauca. Como en los peores momentos del narcotráfico en ese rincón del país.
¿Paramilitarización urbana del país?
No obstante, a lo largo de este mes algunas cosas cambiaron. Carrasquila y su equipo ya no hacen
parte del gabinete ministerial de Duque, por intocable que pareciera, tampoco su reforma
tributaria ni la de salud. Además de la baja en las calificadoras de riesgos del país, hasta la Copa
América de fútbol se cayó con la protesta.
No obstante, el legislativo continúa actuando en contravía, negando la censura al director de
orquesta de toda esta orgía, el ministro de Defensa Diego Molano, o ascendiendo mandos
militares justamente cuestionados. Sin mencionar los proyectos de ley que hacen trámite con la
intención de agrandar la brecha de la desigualdad. Por su parte, el Ejecutivo además de
imposibilitar las conversaciones paro realiza sus primeros movimientos tendientes a pasar cuentas
de cobro por lo actuado.
La Fiscalía avanza en declaratorias de extinción de dominio contra grupos de volqueteros, por
ejemplo, acusados de torpedear el libre tránsito automotor en distintas jornadas de la protesta. La
llamada “mancha blanca” cobra cuerpo con marchas de rechazo al paro nacional en algunas
ciudades, buena parte de estas pagadas. Sólo faltaría que inicien una ‘noche de lápices’,
judicializando propios y extraños a partir de señalamientos y montajes, tratando de ocultar lo
inocultable. Que es de una gravedad extraordinaria.
Si nos atenemos a las informaciones oficiales tras los hechos acaecidos en el sector de La Luna,
centro oriente de Cali, Fredy Bermúdez Ortiz se encontraba de descanso el 28 de abril. No
obstante, ese día a falta de una este funcionario portaba DOS armas de fuego las cuales descargó
contra la muchachada con saldo de dos personas muertas. Sin provisiones en las recámaras, el
victimario fue alcanzado por la gente enfurecida que lo había presenciado todo, convirtiéndolo a la
vez en víctima. Desafortunadamente fue linchado por la turba, en la medida que corroboraban sus
identificaciones como funcionario activo de la Fiscalía y del Goes también.
Ese mismo día en distintos puntos de los bloqueos caleños la nota predominante corrió por cuenta
de civiles armados con chalecos antibalas, actuando como Pedro por su casa en medio de los
guardianes de la ley y el orden. Quedó la sensación que se trataba de agentes de civil. Pero no
necesariamente. Al parecer, ese día también activaron unas reservas de las que la opinión pública
poco conoce, pero existen y actúan de distinta forma en los más diversos lugares del país.
Según las entrevistas al arrepentido publicista, Andrés Escobar, gerente de Media Advetising
acongojado por el despliegue de imágenes y videos en las que fue pillado ‘in fraganti’ en las redes
y lo que se le podría venir pierna arriba, en la Ciudad Jardín donde vive están perfectamente
organizados y tienen grupos de vecinos en alerta por lo que está sucediendo.
Ese día todos esos grupos salieron a las calles con órdenes precisas: levantar los bloqueos como
diera lugar, y tuvieran que hacer lo que fuere. Las 13 víctimas fatales ese día hablan por sí solas.
Los disparos de Bermúdez como los de Escobar y otros muchos aquí y allá, acullá también, no
fueron hechos aislados. Desde algún lugar activaron toda una maquinaria del orden nacional,
montada, aceitada y con estructuras de mando y logística.
Podrían explicar, además, la cabeza que asomaron el 21 de noviembre de 2019 que en Cali y
Bogotá igual dejó otro saldo vergonzante de víctimas fatales. El último mes regresaron los
cadáveres de jóvenes a la vera de caminos y carreteras, también flotando sobre el río Cauca, y con
sus rostros destrozados por la acción de ácidos.
Los Sin Acuerdo.
Desafortunadamente al término del lunes 1 de junio se desinfló la buena nueva que desde la
víspera se había comenzado a fraguar, tendiente a suscribir el preacuerdo para el inicio de las
negociaciones. Las partes se levantaron de la mesa sin acuerdo, ni siquiera en los términos en que
llevarían las negociaciones. Sin nada.
Sin nada, pese a los cambios suscitados en desarrollo del Paro. No sólo por los estruendosos
cambios suscitados y el abanico de altos funcionarios y reformas en el piso, también por los
acuerdos en curso con los gobiernos territoriales, algunos de los cuales anuncian su rebeldía
contra intervención militar asistida del Decreto 575 que borra de un tajo el poder soberano
otorgado por sus electores para gobernar sobre sus territorios.
Sin nada, pero con enormes enseñanzas. Es que el escenario aquel que tradicionalmente
identificábamos como movimientos y luchas sociales se ha partido en dos: antes y después del 28
de abril del 21. Aquí lo que ha bullido son las multitudes de las que habla Negri, en referencia a las
gentes convocadas desde la barriada como actores reales de vida, ya no son las factorías ni las
universidades. Los territorios que habitan. Allí donde pernoctan estudiantes con obreros e
intelectuales, oficinistas, desempleados y prostitutas. El territorio que no encuentra aún canales
adecuados de organización, articulación e interlocución con los demás actores de la sociedad.
En Cali y Bogotá vienen realizando esfuerzos por superar vacíos y generar los vasos comunicantes
necesarios en la búsqueda de alternativas de resistencia, también de emancipación o repliegue
organizado. Los tradicionales movimientos sociales, sin los cuales el Paro Nacional no se habría
generado, persisten en continuar allí respetando y acatando las primeras líneas y los jóvenes que
empezaron a trascender fronteras al momento que con los elementos básicos hicieron una lectura
acertada de la coyuntura, y decidieron actuar. Con toda, tal vez.
Al fin y al cabo, nada tenían por perder, porque nunca nuestra sociedad les ha ofrecido nada. Nada
edificante, por supuesto.
i Comunicador social – periodista. Combo Amarillo.

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