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Políticas industrial y agrícola

Por Eduardo Sarmiento Palacio  

Luego de que la ANDI apoyara sin mayores reparos las reformas de libre mercado de los diferentes gobiernos en los últimos veinte años, sus directivos solicitan un plan de choque para superar la recesión de más de dos años.

La crisis de la economía se enfrenta con expresiones semánticas. El término más socorrido y mencionado es el de la Enfermedad Holandesa, como si se tratara de un mal que llegó recientemente. La enfermedad se atribuye a la elevada participación de las commodities en el producto nacional.

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Por Eduardo Sarmiento Palacio  

Luego de que la ANDI apoyara sin mayores reparos las reformas de libre mercado de los diferentes gobiernos en los últimos veinte años, sus directivos solicitan un plan de choque para superar la recesión de más de dos años.

La crisis de la economía se enfrenta con expresiones semánticas. El término más socorrido y mencionado es el de la Enfermedad Holandesa, como si se tratara de un mal que llegó recientemente. La enfermedad se atribuye a la elevada participación de las commodities en el producto nacional.

Lo que no se dice es que ese comportamiento es un caso particular de las teorías de ventaja comparativa que han sido seguidas al pie de la letra para justificar la apertura comercial, el libre cambio, los TLC y la inversión extrajera. En consecuencia, el país conformó un perfil productivo, dictaminado por el mercado, en que se especializa los productos que puede elaborar más fácilmente y adquiere los restantes en el exterior. La industria de alguna complejidad y la agricultura de cereales quedan relegadas a tercer plano.

Los resultados están a la vista. En la actualidad las importaciones industriales duplican las exportaciones. El consumo adquirido en el exterior, superior al valor agregado nacional. La productividad del sector no llega a la mitad de la de Estados Unidos. Algo similar se observa en la información sobre el sector agrícola. Las actividades de cereales, que constituyen los bienes de mayor demanda mundial, se desplomaron en los veinte años de apertura comercial. Luego de corresponder el 40% del sector, ahora solo representa el 15%.

El estado lamentable de la industria y la agricultura es la consecuencia del modelo imperante. La especialización en los productos de ventaja comparativa, que en muchos casos carecen de demanda externa, resultó en un déficit estructural financiado con inversión extranjera y los excedentes de las commodities, que no son sostenibles.

El problema no se quiere entender. La industria no se da silvestre en los países en desarrollo, y menos en los dotados de recursos naturales. Los estímulos de mercado se inclinan en favor de las commodities y los servicios. No es algo que se pueda arreglar con unos créditos y subsidios. El desarrollo de la industria como el de la agricultura no son posibles sin un modelo que frene los designios del mercado y establezca reglas en favor de los dos sectores. En la industria, como mínimo, se requiere una macroeconomía de elevado ahorro y superávit de la balanza de pagos. Al mismo tiempo, se plantea un sistema escalonado de aranceles que se inicien en las actividades que pueden elaborarse más fácilmente en el país, y en la medida que se aprenda en el oficio, se trasladen a otras de mayor complejidad, y una modalidad cambiaria y comercial que armonice las exportaciones y la sustitución de importaciones.

En el mismo orden de ideas en la agricultura se requiere una abierta protección a los cereales que representan los productos de mayor demanda mundial y tienen menor productividad que en los países de clima temperado. Pero ojo, el mayor desafío es la construcción de una empresa estatal que lidere los proyectos asociados en los cultivos expuestos a grandes economías de escala, como el maíz, la soya y el trigo, y dote al sector de una amplia infraestructura de caminos y riego.

En fin, el papel central de la política económica no puede ser distinta al de crear las condiciones de complejidad, productividad y armonía entre las exportaciones y la sustitución de importaciones para que la industria crezca por encima del producto nacional, al igual que las condiciones de protección a los cereales y aprovechamiento de las economías de escala y el avance tecnológico para que la agricultura supere el abandono de dos décadas.

El Espectador, Bogotá.

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