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Nacional

Rompecabezas armado

Por Alfredo Molano Bravo  

Si el repugnante asesinato de Calidoso hubiera sido cometido en la calle 17 con carrera 15 de Bogotá o a la orilla del río Medellín, a nadie le habría importado.

Ni una nota de baranda habría merecido ese muerto. Calidoso era un hombre que vivía en la boca del túnel del río Arzobispo

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Por Alfredo Molano Bravo  

Si el repugnante asesinato de Calidoso hubiera sido cometido en la calle 17 con carrera 15 de Bogotá o a la orilla del río Medellín, a nadie le habría importado.

Ni una nota de baranda habría merecido ese muerto. Calidoso era un hombre que vivía en la boca del túnel del río Arzobispo en el Parque Nacional y parchaba en el túnel de la Javeriana. Con los estudiantes recochaba y con los profesores era respetuoso: les abría la puerta del taxi a los que llegaban tarde. La gente lo quería. Hace una semana lo quemaron con gasolina mientras dormía con su perro y murió hecho una masa de alaridos. Los estudiantes y profesores de la Javeriana organizaron un homenaje-denuncia y la opinión pública se enteró. Sucedió, de alguna manera, lo mismo que con Natalia —la niña quemada con ácido hace algunos días—: el crimen se conoció porque la víctima no vivía en Soacha. El país supo de golpe y porrazo que lo mismo les habían hecho a 900 colombianos del montón y, entonces, el presidente, sus ministros, los legisladores se pellizcaron y andan tramitando una ley para impedir que “hechos tan reprobables vuelvan a suceder”.

A Calidoso lo mataron como matan a muchos ñeros en todas las ciudades del país, que ingresan como un número a Medicina Legal y son enterrados como N.N. Normal. En general son asesinatos hechos por hombres contratados que pueden ser civiles o uniformados. No es excepcional el caso de comerciantes de una cuadra o de un barrio —que atribuyen a la presencia de lo que ellos llaman miserias humanas o desechables la decadencia de sus negocios—, que contratan a un gatillero o a un policía para que haga “la vuelta” y a la vuelta de la esquina, muy temprano, la Policía recoja el cadáver. Es una práctica generalizada.

También a los ñeros los asesinan grupos dedicados a limpiar la sociedad de indeseables para ellos. Son profesionales de la práctica y no lo hacen por dinero sino por convicciones racistas; adoran a Hitler, cantan Cara al sol —himno de guerra del falangismo español—, hacen ejercicios militares en el Parque Nacional, se rapan la cabeza, algunos usan un bigotico sólo bajo las fosas nasales —no al estilo del intrépido general Palomino—, desfilan vestidos de negro y con botas de “puntera reforzada en acero” y gritan contra los homosexuales, contra el aborto, contra las guerrillas, contra las corridas de toros. Levantan banderas rojas y negras y pancartas con la esfinge de Hitler; llevan brazaletes con cruces y rayos. Hace un mes apareció muerto uno de sus caudillos. Las2orillas sostuvo que el personaje tenía relación con los Rastrojos y extorsionaba a los comerciantes. Todo coincide. ¿Qué mandados les haría a los comerciantes y qué negocios tendría con los paramilitares?

El extremo de la extrema derecha no es algo nuevo. Laureano Gómez lo alimentaba ideológicamente y sus alfiles lo armaron. Laureano escribía editoriales y Ángel María Lozano, El Cóndor, los ejecutaba. Desde fines de los 90 ha venido creciendo y reorganizándose de nuevo en el caldo de odios que el uribismo cocina con meticulosa perversidad. Hasta hace unos días no había evidencias de esos lazos, pero hoy, la imagen de un hacker medio rapado al que le “gusta el olor a muerte”, considera a “Mandela un comunista”, “quiere matar a todos” y “sólo guiña el ojo izquierdo para apuntar mejor”, hace pensar que el rompecabezas se está armando y ya puede estar armado. De ganar Zuluaga, podría ser nombrado ministro de Comunicaciones. Petro dice que el tipo no es un hacker sino un nazi. La ideología de la extrema derecha está mutando en una cultura de la violencia con territorios, cabecillas y estatutos, y una sola bandera: la guerra a muerte.

El Espectador, Bogotá, 18 de mayo de 2104.

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