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Se requiere estrategia para que clases populares balanceen las fuerzas del capital que hoy controlan las urbes: David Harvey

El Telégrafo  

El pensador y teórico social británico David Harvey considera que la transformación de las condiciones sociales en las ciudades va más allá de la dotación de servicios básicos. El geógrafo, autor entre otros libros de Ciudades rebeldes (puede descargarse ingresando a: http://bit.ly/1dnTgmN)  sostiene que las élites atienden, por lo general, las demandas de tipo político, pero no aquellas que modificarían los sistemas de producción.

Harvey está en Ecuador, invitado por el Instituto de Altos Estudios Nacionales

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El Telégrafo  

El pensador y teórico social británico David Harvey considera que la transformación de las condiciones sociales en las ciudades va más allá de la dotación de servicios básicos. El geógrafo, autor entre otros libros de Ciudades rebeldes (puede descargarse ingresando a: http://bit.ly/1dnTgmN)  sostiene que las élites atienden, por lo general, las demandas de tipo político, pero no aquellas que modificarían los sistemas de producción.

Harvey está en Ecuador, invitado por el Instituto de Altos Estudios Nacionales

(IAEN), para participar en una serie de conferencias a propósito de la creación del Centro Nacional de Estrategia para el Derecho al Territorio (Cenedet).

Las ideas de Harvey sobre la construcción de ciudadanía en los núcleos urbanos son reconocidas internacionalmente.

¿A qué refiere la idea “ciudades rebeldes” que  usted plantea?

Las ciudades han sido históricamente cuna de cambios. Pero el desarrollo del capitalismo ha truncado la creación de espacios para la generación de esos cambios necesarios para mejorar la vida de la mayoría de  las personas. 
Entonces surge la pregunta de quién será el actor de dichas transformaciones y con qué herramientas. Clásicamente el marxismo ha respondido que el proletariado; pero en las actuales circunstancias, ese grupo parece no estar en condiciones, por lo que cabe la posibilidad de que el ciudadano común esté destinado a ello. Y hay señales  de ello como lo muestran los movimientos ciudadanos surgidos en el norte de África, en Turquía, en Brasil, etc.

Gobiernos como los de Ecuador, Venezuela o Bolivia, que plantean el empoderamiento ciudadano, ¿no son vías para aquello?

Históricamente, han sido las organizaciones ciudadanas las que han sentado las bases de nuevas estructuras del Estado. Las poblaciones urbanas siempre han jugado un rol importante para forzar cambios a nivel político y estatal. Y eso lo muestran recientes movimientos, como los de Brasil del año pasado, que no solo planteaban reivindicaciones de tipo local, sino  estatal.

Entonces, ¿el modelo implica cambios de abajo hacia arriba?

Es más complicado que eso, pues las ciudades son estructuras muy complejas. En realidad, lo que debemos preguntarnos es quiénes o qué grupos controlan actualmente las ciudades. Y la respuesta obvia es “los bancos, los gestores inmobiliarios, las élites, en general”. Y para cambiar eso debería surgir una estrategia para que las clases populares ejerzan poder y balanceen el de las fuerzas que hoy controlan las urbes.

Frente a la fuerza del capital, una fuerte planificación estatal o municipal ¿no permitiría lograr los cambios necesarios?

Tradicionalmente, las transformaciones han ocurrido a través de movimientos revolucionarios populares como la Comuna de París o los movimientos por los derechos civiles en  EE.UU., en los sesenta. En realidad, se puede decir que existen dos tipos de movimientos: Uno en el que el ciudadano demanda más democracia en la construcción urbana; y otro se relaciona, más bien, con demandas sobre mayor acceso a los medios de producción y reorganización de la vida diaria. Estas últimas requieren una mezcla de políticas públicas y reorganización de los medios de producción y de la organización política. Pero cuando únicamente se enfatiza en las políticas públicas, cuando lo que se trata de hacer es atender mejor a los  menos afortunados, darles servicios, eso no necesariamente implica una transformación de la vida diaria, de las bases de la economía ni del aparecimiento de nuevos sistemas de producción. Entonces,  la gente en el poder muchas veces accede a las demandas políticas, a dar más servicios, pero no a las que cambiarían la economía, la vida.

¿Es lo que ha pasado en Brasil, por ejemplo?

Es difícil colocar a Brasil en uno u otro grupo, pero parecería que en ese país la clase capitalista no ha sido desafiada. Y la mayoría de respuestas a demandas de la gente ha sido básicamente política, en lugar de plantear nuevos modos de producción. Y el resultado está en la desilusión poblacional que se ha reflejado en las calles, donde se ha planteado la necesidad de verdaderas transformaciones.

¿Los cambios requieren una cierta dosis de violencia o de activismo callejero radical?

Es común decir “la violencia no resuelve las cosas”; pero cuando hay aparatos estatales represivos, muchas veces resulta inevitable. Incluso Gandhi reconocía que hay situaciones en las que no existe otra opción.  Generalmente ocurre que la Policía reprime manifestaciones sociales pacíficas, como ha ocurrido en EE.UU. y, más recientemente, en Turquía, en España, en Brasil; entonces parece no haber otra salida. En la cinta La batalla de Argelia, de Gillo Pontecorvo, un oficial francés le pregunta a un rebelde: “¿Por qué respondes con violencia? Y este le contesta: “Dame tus tanques, tus aviones, tus armas y no habrá violencia”.

¿Algún modelo refleja ese deber ser de las ciudades?

Muchos movimientos ciudadanos han cambiado radicalmente la vida diaria; pienso en  EE.UU. de los sesenta, por ejemplo. Pero las condiciones de entonces eran diferentes a las actuales, por lo que cada generación debe hallar su propia ruta para transformar las cosas.

El Telégrafo, Ecuador.

 

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