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Sustituir armas por ideas

Por Rodolfo Arango  

Menos armas, más pensamiento. Tal debería ser la consigna del posconflicto. Necesitamos una verdadera profilaxis mental que nos permita reemplazar el lenguaje de la muerte por el de la vida; sustituir los fierros por las ideas; desarrollar la ciencia y privatizar la religión; expandir la creatividad y sepultar la violencia. El esfuerzo que deberemos hacer es monumental. No se trata solo de disminuir el número de efectivos armados, sino de desterrar el uso del pensamiento armado. Colombia está cansada de la necrofilia; clama por una ética, una estética y una política diferentes.

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Por Rodolfo Arango  

Menos armas, más pensamiento. Tal debería ser la consigna del posconflicto. Necesitamos una verdadera profilaxis mental que nos permita reemplazar el lenguaje de la muerte por el de la vida; sustituir los fierros por las ideas; desarrollar la ciencia y privatizar la religión; expandir la creatividad y sepultar la violencia. El esfuerzo que deberemos hacer es monumental. No se trata solo de disminuir el número de efectivos armados, sino de desterrar el uso del pensamiento armado. Colombia está cansada de la necrofilia; clama por una ética, una estética y una política diferentes.

Observaba con acierto el autor de El príncipe que “entre quien está armado y quien está desarmado no hay proporción alguna, y no es razonable que quien está armado obedezca de buen grado a quien está desarmado, ni que el desarmado se sienta seguro entre servidores armados, ya que —por haber en el uno desdén y en el otro temor— es imposible que actúen juntos correctamente”. Esta sabiduría, acuñada por décadas de experiencia en la diplomacia de principios del siglo XVI, nos interpela todavía hoy.

Y es que las armas, más que el riesgo mortal, representan un fracaso emocional. Quien las porta desdeña al que no, mientras el desarmado teme y se subordina. De tal relación coactiva, como observa el florentino, ninguna acción conjunta puede ser correcta. Por eso causan tanta indignación las manifestaciones armadas de las Farc y la improvisación del Gobierno. En la etapa de desarme y reinserción debe primar en las zonas de concentración y desmovilización una política guiada por el cultivo de la inteligencia colectiva, no por la desconfianza y la preparación para la guerra.

La política de desarme y construcción de confianza no debe limitarse a las zonas “rojas”. El desarme de los espíritus involucra especial y fundamentalmente a los líderes políticos. Una cultura que celebre la vida, cultive la humanidad, desarrolle la ciencia y promueva las artes, como alternativa a la violencia y el sufrimiento que engendra, no debe concentrarse en la persecución judicial y el enjuiciamiento mediático de los detractores políticos. Por el contrario, requiere de un proyecto nacional que convoque y unifique.

Recientemente, Moisés Wasserman ha llamado la atención sobre el buen y sistemático uso de la inteligencia en el sistema alemán de investigación científica (http://bit.ly/1UFnfMR). Pertinente es recordar que además de la apuesta por la ciencia, las capitulaciones del mando alemán incluyeron la prohibición del Ejército por muchas décadas. Luego vendría la proscripción, mediante sentencias del Tribunal Constitucional, de los partidos Nacionalista y Comunista por admitir el uso de la violencia como medio para acceder al poder.

Los tensos y difíciles tiempos que se viven al terminar un conflicto armado de décadas no deben hacernos flaquear. Como población civil no tenemos que aceptar resignadamente la necedad de quienes se comportan deslealmente con las instituciones democráticas practicando o llamando a la rebelión. De una cultura acostumbrada a las noticias criminales deberemos transitar a una que fomente el invento científico y la creación artística; que ame el verso, la metáfora y el ingenio; que premie la honestidad y el respeto a la ley, no la sagacidad o el engaño. Una sociedad democrática es una en la que el destino de cada uno de sus miembros nos importa tanto que destinamos todos nuestros recursos y esfuerzos a potenciar al máximo su desarrollo con miras a sortear conjuntamente los desafíos, con el respeto y la dignidad que todo ser humano merece.

El Espectador, Bogotá.

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