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Syriza: Una fórmula rupturista

Por Eduardo Febbro / Página/12  

Un descendiente de la crisis, de la recesión y la corrupción que pusieron a Grecia de rodillas y a la Unión Europea en una de las mayores crisis de la historia, llegó al poder luego de dos intentos fallidos. Las propuestas de Alexis Tsipras significan una ruptura con la agenda financiera y la cura mediante la austeridad impuesta por la UE, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (la troika).

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Por Eduardo Febbro / Página/12  

Un descendiente de la crisis, de la recesión y la corrupción que pusieron a Grecia de rodillas y a la Unión Europea en una de las mayores crisis de la historia, llegó al poder luego de dos intentos fallidos. Las propuestas de Alexis Tsipras significan una ruptura con la agenda financiera y la cura mediante la austeridad impuesta por la UE, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (la troika).

Incluso si los dirigentes de Bruselas apuestan por el sentido común de Tsipras, incluso si aseguran que en los últimos encuentros con los enviados de Syriza a Bruselas éstos se mostraran “razonables”, incluso si la perspectiva de un “Greece Exit”, la salida de Grecia del euro, parece excluida, la victoria de la coalición de izquierda radical Syriza es un cañonazo en la proa del barco ultraliberal europeo y en las manos de su gran capitana, la canciller de Alemania, Angela Merkel. La victoria de Syriza es aire fresco para las agotadas izquierdas europeas y sus batallones de decepcionados. Los griegos acaban de probar que hay vida y legitimidad más allá de la entumecida socialdemocracia y de los envenenados argumentos del liberalismo parlamentario.

El futuro será áspero para todos, pero su narrativa y sus equilibrios nada tendrán que ver con los de antes. En los últimos dos años, Tsipras moderó su discurso sin renunciar por ello al eje de su plataforma. En un artículo titulado “Grecia puede equilibrar sus cuentas sin matar la democracia”, publicado por el Financial Times el pasado 20 de enero, el líder de Syriza escribía: “Debemos terminar con la austeridad si no queremos matar la democracia. Vamos a tener que negociar abiertamente, honestamente y entre iguales con nuestros socios europeos (…). La austeridad no figura en los tratados europeos: la democracia y el principio de la soberanía popular, sí”.

Con más o menos modulación, el discurso de Tsipras no ha cambiado. En una entrevista exclusiva con Página/12, el dirigente griego había explicado: “El problema no es la moneda única sino las políticas que acompañan esta moneda. El euro se ha convertido en una cárcel para los pueblos de Europa, en especial para las economías más débiles de la periferia que están enfrentando la crisis. La contradicción está en la base con que se construyó el euro. El euro es un polvorín que va a explotar si seguimos con este rumbo. Las políticas de ajuste que van mano a mano con el modelo neoliberal dentro del euro nos van a conducir a la destrucción del euro. Pero esta perspectiva la van a pagar los pueblos y no los bancos, que van a salvarse, o a tratar de salvarse. El sectarismo dogmático de las elites europeas que defienden ese modelo conduce a Europa muchas décadas hacia atrás” (http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-203736-2012-09–19.html). Y es precisamente esa Europa del euro, el FMI y el Banco Central Europeo (BCE) los que esperan ahora a Tsipras con los dientes bien afilados.

Los europeos son conscientes de que la política de Syriza se sitúa en una perspectiva de ruptura fundamental con la que diseñó el Ejecutivo conservador que gobernó el país hasta enero de 2015. Sueño para algunos, pesadilla para otros. Tsipras ha dicho en las últimas semanas que quiere “cambiar a Europa, no desmantelarla”, para que el país crezca con justicia y deje de ser un “protectorado de Berlín”. La agenda financiera de Atenas es una montaña envenenada. Hasta el momento, la famosa troika (UE, BCE, FMI) le prestó a Grecia 240 mil millones de euros a cambio de un restrictivo paquete de reformas y ajustes. Pero Tsipras apuesta porque se anule una parte de la deuda global de Grecia, la cual asciende a 321 mil millones de euros y equivale al 177 por ciento del PIB del país. El líder griego defiende la idea de una anulación de la deuda pública a través de una “conferencia sobre la deuda europea”. Antes que nada, Syriza exige que, a corto plazo, se decrete una moratoria sobre los intereses de la deuda para emplear ese dinero en programas sociales y en la reactivación de la economía. Los gendarmes de las finanzas ya salieron al paso este fin de semana. Nadie quiere perder los beneficios de los 240 mil millones de euros que se le prestaron a Grecia a partir de 2010 (más de 340 mil millones desde 2007). En un artículo publicado hace unos días por el Irish Time, la directora gerente del FMI, Christine Lagarde, advirtió: “Una deuda es una deuda, es un contrato”. El economista francés Gabriel Colletis, contratado como analista por Syriza, explica por ejemplo que el reembolso de la deuda absorbe entre “20 y 25 por ciento del presupuesto del Estado griego”.

La plataforma electoral de Syriza contempla prioridades muy alejadas de las que estaban en curso actualmente. El programa social propuesto por el partido opta por un camino en nada restrictivo. A mediados de diciembre, en Salónica, Tsipras presentó un plan social cuyo costo asciende a 12 mil millones de euros. Ese monto, como lo sintetiza Gabriel Colletis en las páginas de Le Monde, saldrá del ahorro que se haga a costa del pago de la deuda y también de los fondos europeos: “Renegociar una parte de la deuda permitirá recuperar un presupuesto que Syriza utilizará luego para financiar su plan de reconstrucción y poner en práctica una auténtica política de desarrollo. Grecia lo necesita y los europeos deberán resignarse a ello”. Los tecnócratas de Bruselas deberán ahora aceptar como real lo que, hasta hace un mes apenas, aparecía como ficción. El plan de Tsipras tiene varios ejes. El primero consiste en un paquetazo de medidas sociales destinado a las familias más pobres: alimentación, acceso a la salud y a los medicamentos gratis, ayuda a los jubilados. El segundo eje tiene como objetivo reactivar la economía a través de la supresión de las impuestos inmobiliarios para los pequeños propietarios o el aumento de los impuestos para los particulares con ingresos superiores a los doce mil euros. Otro punto importante es el empleo, en especial el aumento del salario mínimo, que pasaría a 750 euros contra los 500 actuales, o la creación de 300 mil puestos de trabajo públicos y privados. En suma, la fórmula de Syriza es un cóctel indigesto para la Europa financiera.

El margen de maniobra es tanto más apretado cuanto que Grecia debía recibir en febrero unos 10 mil millones de euros suplementarios por parte del FMI y el BCE. Para Atenas, el respaldo de estas instituciones es indispensable. Para Bruselas, la estabilidad de Grecia es igualmente una pieza clave de la estabilidad europea. Fuentes europeas repiten desde hace dos semanas que “el entendimiento con Tsipras y Syriza es inevitable. Estamos en el mismo barco. Lo que le ocurre a uno, repercute en el otro”. Sin embargo, los países del eurogrupo (los integrantes de la zona euro) tampoco han variado sus prerrogativas: Grecia debe asumir sus compromisos, continuar con las reformas y los ajustes si quiere recibir lo que falta de los planes de rescate. Más allá de estas tribulaciones, las elecciones griegas y el triunfo de Syriza sepultan un sistema político gangrenado que había hecho del poder un reparto entre familias. Lo que la izquierda radical llama con acierto “la monarquía electiva” vivió ayer sus últimas horas. El mensaje excede las fronteras griegas. Es para todos, en Europa y fuera de ella. Las izquierdas marmóreas, o las izquierdas espectrales que repiten la misma opereta a lo largo de los años, tienen en el espejo griego de Syriza y en el español de Podemos un modelo de creatividad ciudadana y de renovación. Un descendiente de la recesión y de la crisis, un hombre que de adolescente militaba en las juventudes del Partido Comunista Griego (KKE) y que, hasta no hace mucho, tenía un retrato del Che Guevara en su oficina, llegó al poder por afuera del sistema e instaura la primera auténtica alternancia política que se da en Europa en los últimos 25 años. El enfermizo pacto entre socialdemócratas y liberales no hizo sino borrar la frontera de esa alternancia. Ahora es un hecho. De la cuna de la democracia nació un nuevo bebé en tiempos de atrofia liberal. En París, Jean-Luc Mélenchon, el líder del Frente de Izquierda, observó que se trata de “una nueva página de Europa en la cual tal vez podamos reformular Europa”. El NPA (Nuevo Partido Anticapitalista) decía: “Hay una esperanza de que, luego de haber sido el laboratorio europeo de las políticas de austeridad, Grecia se vuelva el laboratorio de las movilizaciones políticas y sociales victoriosas”. El PS francés felicitó formalmente a Tsipras, aunque se le atragantaron las palabras de pura incomodidad. Pero en los cafés progresistas de París, en las reuniones y mitines que se organizaron, esperando la victoria de Syriza, la fiesta, la alegría y la esperanza fueron una sola y misma consigna. La final de un Mundial contra un equipo liberal mucho más poderoso. Muchos repetían el mensaje de Podemos: “Tic, tac, tic, tac, tic, tac”. El reloj se puso en marcha. La cuenta regresiva se activó para empezar otra historia. Creatividad, constancia, crisis, dolor, exclusión, un adversario insensible, un líder carismático, una imponente red de militantes y de militancia y un pueblo pusieron en el centro del poder europeo una corriente de ideas de las que los medios dominantes se burlaban como si esos chicos fueran nenes tontos que vivían de utopías sociales e ilusiones autoalimentadas en un círculo cerrado. Pero la izquierda radical terminó rompiendo el otro círculo, la mordaza aburrida, consumista y colonizadora de las finanzas que fuerza las leyes para sacar provecho por encima de cualquier bienestar humano.

En apenas tres semanas, la mal llamada Vieja Europa nos dio una lección luminosa de modernidad y juventud: primero Francia, con las cerca de cinco millones de personas que se volcaron a la calle para defender la libertad con una pancarta, “Yo soy Charlie”, un lápiz extendido hacia el cielo y un libro en la mano, El tratado sobre la tolerancia, escrito por Voltaire en el año 1700. Ahora Grecia con la victoria de Syriza, un partido que creció con la crisis en un país vencido y azotado, y que busca levantarse restaurando la legitimidad de una corriente de ideas que pone al ser humano y la dignidad de una nación en el centro de sus preocupaciones.

Página/12, Buenos Aires.

 

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