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Nacional

Un cambio de lógica

Por Rodolfo Arango  

El país merece y exige una pronta firma de los acuerdos, de forma que sean sometidos a refrendación popular y pueda iniciarse la etapa de consolidación de la paz. La virtud civilizatoria del diálogo, pese a la continuación de la guerra, muestra sus frutos.

Pero aún estamos lejos de un final feliz. Los negociadores siguen embebidos en una lógica calculadora que erosiona el proceso. Actúan más como estrategas que como estadistas, sin menospreciar los esfuerzos que es justo reconocerles.

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Por Rodolfo Arango  

El país merece y exige una pronta firma de los acuerdos, de forma que sean sometidos a refrendación popular y pueda iniciarse la etapa de consolidación de la paz. La virtud civilizatoria del diálogo, pese a la continuación de la guerra, muestra sus frutos.

Pero aún estamos lejos de un final feliz. Los negociadores siguen embebidos en una lógica calculadora que erosiona el proceso. Actúan más como estrategas que como estadistas, sin menospreciar los esfuerzos que es justo reconocerles.

El deseo de sacarle “ventaja” al contendor todavía se impone a la comprensión y generosidad indispensables para asegurar una verdadera reconciliación nacional.

Los actores en Cuba no han adicionado a su racionalidad instrumental una racionalidad comunicativa. Ambos buscan ser más “vivos” que la contraparte en vez de adoptar las disposiciones y actitudes necesarias para tramitar las diferencias. No esperamos que el establecimiento y la disidencia armada se conviertan en ángeles de la noche a la mañana; más aún, cuando ambas facciones no han prescindido de atrocidades en su lucha. Lo que las víctimas, en su mayoría mujeres y niños, sí pueden exigir es un cambio de actitud a los señores de la guerra.

Para salir del círculo de la violencia es indispensable imaginar un futuro común y compartido. La palabra no sólo debe servir para instrumentalizar al otro, sino para lograr con él un entendimiento no coactivo. Eso vale especialmente en los temas de tierras, de participación política y reparación a las víctimas. En los tres acuerdos sobre estos puntos se delata la miopía y falta de visión de los interlocutores. Enfrascados en la defensa de lo particular, pierden de vista lo universal.

La gente no es tonta. Por el lado del Gobierno, se ofrece una ley agraria para concentrar más la tierra, en lugar de una redistributiva; una reforma política con más poder para el ejecutivo, en lugar de una participativa y pluralista; una reparación minimalista a las víctimas, mientras favorece a victimarios y protege a cacaos que evaden impuestos y desde paraísos fiscales invierten bajo el disfraz de inversionistas extranjeros.

Tampoco el pueblo es tonto frente a las Farc. ¿Qué hacen en La Habana si lo que buscan es una asamblea constituyente? ¿Todo ese esfuerzo simplemente para abrir luego una caja de Pandora? Además de ingenuo, temerario. Y qué decir de la usurpación de tierras bajo banderas revolucionarias de más igualdad y democracia para todos. En algún momento tendrán que sopesar si lo que ganan en la tribuna internacional de La Habana no lo pierden en los campos ante la campaña uribista que busca la no refrendación de los acuerdos.

El Gobierno y las Farc no pueden seguir negociando a espaldas del país. No todos quienes critican el proceso de paz son sus enemigos. Existen sectores y organizaciones sociales con legitimidad para pedir a los negociadores actos sinceros y oportunos de grandeza. Un cambio de lógica, de la manipulación del enemigo a la inclusión del adversario, es lo que se espera luego de tanto dolor humano por “errores estratégicos”. El retiro del proyecto de ley “Urrutia” y la devolución de las tierras usurpadas serían evidencia de una nueva lógica. El otro sería prohibir y controlar efectivamente el ingreso de dineros privados, lícitos e ilícitos, a las campañas políticas.

El Espectador, Bogotá.

 

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