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Una visión de quien vive del campo

Por Juan Manuel López Caballero   

Respecto al documento de la Misión Rural, extraigo textualmente unas inquietudes de un amigo, dirigente gremial y empresario agrícola y ganadero:

Una es aquella idea generalizada de que el país puede llegar a ser una potencia agrícola, una despensa para el continente y quizás para el mundo y que nuestra verdadera vocación es el campo y la producción agropecuaria.

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Por Juan Manuel López Caballero   

Respecto al documento de la Misión Rural, extraigo textualmente unas inquietudes de un amigo, dirigente gremial y empresario agrícola y ganadero:

Una es aquella idea generalizada de que el país puede llegar a ser una potencia agrícola, una despensa para el continente y quizás para el mundo y que nuestra verdadera vocación es el campo y la producción agropecuaria.

Colombia no parece haber sido, no es, y difícilmente será esa fuente inagotable de alimentos y esa gran potencia agropecuaria con la que soñamos. Unas tierras increíblemente escarpadas y una topografía muy difícil en la zona andina, casi un tercio del país en selva amazónica que no se debería o no se puede destruir para transformarlo en tierra agrícola, páramos que están en peligro pero bajo supuesta protección del Estado, laderas selváticas y frágiles, climas complejos como el pacífico chocoano con más de 6000 mm de lluvia al año, unos valles interandinos como la Sabana, o Rionegro, en proceso acelerado de urbanización, todo esto, hace de Colombia un país tan escaso en tierras en proporción a su población que los estudios del Banco Mundial lo consideran uno de los más pobres en el mundo: de uno a cinco, calificados con cinco los países escasos en tierra como Egipto, Japón, o Borneo, y con uno los países con mayor cantidad de tierra arable per cápita, tales como Argentina, los Estados Unidos, o muchos de los países Europeos, Colombia no logró ocupar el primer o segundo rango como presumiblemente lo quisiéramos los colombianos, ni siquiera el tercero o cuarto, sino quedamos en el quinto, como esas regiones del globo con gran escasez de tierra.

Esta situación puede ser discutible, muchos opinan lo contrario, pero porque se basan en estudios bastante teóricos que no toman en cuenta ni la falta de infraestructura, ni las condiciones de seguridad y muchas veces ni siquiera las condiciones agroecológicas necesarias para determinados cultivos.

Independientemente de esa discusión, Colombia nunca fue una despensa para el viejo mundo como sí lo fue el Río de la Plata, y el sur del continente. Colombia tuvo las épocas del anís, la quina y el café; y fueron importantes, como también lo han sido el banano, y después la flores… Pero son productos marginales en los cuales nuestra ventaja comparativa del trópico nos permite participar de un mercado limitado.

La agricultura colombiana logró abastecer nuestra demanda de comida, y aún en parte lo sigue haciendo. Pero de ahí a competir en el terreno internacional hay mucho trecho. Porque producir en Colombia siempre ha sido difícil. El costo financiero alto, la infraestructura arcaica, las condiciones de seguridad regulares, la presencia o ayuda del Estado mínima, insumos costosos con aranceles caros  y una tasa de cambio en los últimos años que hace inviable ser competitivo a nivel internacional.

Paradójicamente, los estudios del agro colombiano omiten que el mercado es una realidad de cada país, mucho más fuerte en un sistema como el nuestro basado en él y no en una economía planificada. Por esta razón preocupa mucho en el documento de la Misión la posibilidad de “forzar” un mejor uso de la tierra para evitar lotes de engorde o especulación con las tierras. Y es que en el mundo no falta la comida, sino los mecanismos para repartirla (o compartirla). En Europa esos sistemas para presionar el uso de la tierra fracasaron por años, cosechando productos innecesarios que luego se pudrían en enormes bodegas y cuyo manejo resultaba aún más costoso. Terminaron en muchos países en un sistema de pagar o subsidiar la no siembra de productos.

También aparecen los peligros del paternalismo, ya que sus resultados son muy dudosos; aquello de “saldar la deuda histórica con el campo” volviéndolo un asunto de cómo “ayudar a esos campesinos” oculta que los centros urbanos, la industria y el comercio imponen unos precios que privilegian al habitante urbano; con cuentos como la “ineficiencia”, “ignorancia” o “improductividad” por un lado, y por el otro con mecanismos tales como los tratados de libre comercio o las importaciones masivas o incluso el contrabando, han logrado bajar los precios de los alimentos, más no así los costos de producción, a niveles mínimos. Aunque el estudio advierte en el sentido de rechazar conceptos de tipo asistencialista como subsidios directos, no sobra advertir el enorme peligro que se puede incurrir en este tipo de enfoque.

El caso de la asociatividad es claro. Por supuesto que el concepto es interesante y en algunos casos ha dado excelentes resultados; pero el buscar imponerlo, como en el nuevo proyecto de ley que pretende aclarar lo de las tierras en la Altillanura, puede llevarlo a un fracaso. La asociatividad debería ser fomentada y premiada pero no impuesta, y para las personas individuales que pretendan hacer empresa también deberían existir apoyos claros y sencillos.

Suele decirse que estamos sobrediagnosticados, pero es probable que estemos más bien muy mal diagnosticados. Un ejemplo: la ganadería. De ella mucho se habla, pero ¿cuánta gente separa la actividad lechera de la ganadería de carne? La leche supera al café dentro del PIB agropecuario en más de un 40 %; es tres veces más importante que la floricultura; o el conjunto de todos los cereales del país tampoco logra superar el solo valor de la leche. Más de 350.000 familias en el campo dependen de la leche. O simplemente la leche es el primer renglón de la economía agrícola del país, superada únicamente aunque los datos sean inciertos, por la carne. ¿Existe alguna política al respecto?

 

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