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Del Papa al Pepe

Por Alfredo Molano Bravo  

El papa ha publicado su primera encíclica, Alabado seas. Es la primera que se escribe en español —un gesto calculado— y la primera que yo me leo de pe a pa. He quedado felizmente desconcertado porque a pesar de que Francisco ha tenido posiciones muy avanzadas dentro de la Iglesia, no esperaba que se fuera de frente y con tanta franqueza contra el capitalismo.

Porque no hay otra manera de llamar un sistema, una cultura —casi ya una civilización— que depende enteramente de la destrucción de su propio producto, la mercancía, y de todo lo que requiere producir para esa destrucción.

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Por Alfredo Molano Bravo  

El papa ha publicado su primera encíclica, Alabado seas. Es la primera que se escribe en español —un gesto calculado— y la primera que yo me leo de pe a pa. He quedado felizmente desconcertado porque a pesar de que Francisco ha tenido posiciones muy avanzadas dentro de la Iglesia, no esperaba que se fuera de frente y con tanta franqueza contra el capitalismo.

Porque no hay otra manera de llamar un sistema, una cultura —casi ya una civilización— que depende enteramente de la destrucción de su propio producto, la mercancía, y de todo lo que requiere producir para esa destrucción.

La explotación de los combustibles fósiles, dominada por un puñado de dueños del poder, está llegando a un punto donde producir un barril de petróleo o una tonelada de carbón cuesta tanta energía como la que pueden generar al consumirse. Las leyes del capital siguen vigentes a pesar de que sus propagandistas nos quieran hacer comer el cuento que el fin del comunismo fue, a la vez, el fin del capitalismo. No hay tal. El capital sigue viviendo de la explotación del trabajo y de la depredación de la naturaleza. Es ahí donde el Papa tira y donde coincide con el tiro de Pepe Mujica. Algún día las líneas de la izquierda y de la Iglesia, tal como lo anunció Camilo Torres, tenían que coincidir. La izquierda ya no sueña con el comunismo, ni con la igualdad absoluta, ni con la lucha de clases; ahora el consumismo está en el “punto de mira”. La Iglesia ya no es la gran aliada del poder; la cruz ya no es cómplice de la espada. Me parece que el cardenal Rubén Salazar no lo comprende aún.

Cuando la derecha brinca es porque se le pisan los callos. Los republicanos gringos —y a su cabeza el nuevo Bush— han puesto el grito en el cielo y descubierto trazos de socialismo suramericano y hasta de comunismo en la nueva encíclica. Las empresas petroleras se preparan para dar la madre de las batallas contra un poder moral que se afianza como nunca con el llamado a “cuidar la Casa Común”. La Iglesia rechaza por primera vez de una manera inequívoca el poder de los poderosos que están transformando el mundo en un “inmenso depósito de porquería”. Un muladar que no está propiamente en el Central Park ni en los jardines de Luxemburgo, sino aquí, en las afueras de San José del Guaviare, en las favelas de Rio, en las minas abandonadas de los diamantes de sangre de Sierra Leona. Está en el Sur, nuestro sur, de donde se huye de la miseria hecha por el Norte. Es la deuda ecológica —un pecado, además— que el Norte le debe al Sur. “Esta tierra maltratada y saqueada clama y sus gemidos se unen a los de todos los abandonados del mundo”. Más claro: el derecho a la vida humana pasa por el derecho a la naturaleza. “Privar a los pobres del acceso al agua significa negarles el derecho a la vida”. “La causa de la crisis del agua y de la agresión del medio ambiente —declaró Pepe Mujica— es el modelo de civilización que hemos montado”. La encíclica es un llamado urgente, perentorio, a un nuevo “estilo de vida, de producción y de consumo” que supere “la espiral de autodestrucción en la que estamos sumergidos”. “Es hora —dice Pepe Mujica— de empezar a luchar por otra cultura; no podemos seguir, indefinidamente, gobernados por el mercado, tenemos que gobernar el mercado”.

Para Antonia:

“Cuando luchamos por el medio ambiente, tenemos que recordar que el primer elemento del medio ambiente se llama felicidad humana”. Atentamente, el Pepe. “La sobriedad que se vive con libertad y conciencia es liberadora, la felicidad requiere saber limitar algunas necesidades que atontan”. Atentamente, el Papa.

El Espectador, Bogotá.

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