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El resquebrajamiento de la hegemonía totalitaria de la información

Por Orlando Pérez  

Mediante el caso WikiLeaks se reveló una importante cantidad de secretos de Estado que hasta el momento se mantenían ocultos de la opinión pública. Sin embargo, el procesamiento de esta información generó distinto tipo de tensiones en los medios de comunicación respecto a sus relaciones con el poder. Así, este affaire puso de manifiesto las contradicciones, por ejemplo, en la prensa y su relación ambigua con la cultura, una vez que ésta es determinada pura y exclusivamente por lógicas de mercado.

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Por Orlando Pérez  

Mediante el caso WikiLeaks se reveló una importante cantidad de secretos de Estado que hasta el momento se mantenían ocultos de la opinión pública. Sin embargo, el procesamiento de esta información generó distinto tipo de tensiones en los medios de comunicación respecto a sus relaciones con el poder. Así, este affaire puso de manifiesto las contradicciones, por ejemplo, en la prensa y su relación ambigua con la cultura, una vez que ésta es determinada pura y exclusivamente por lógicas de mercado.

UNA AGUJA EN EL PAJAR UNIVERSAL NOS SALVA

El planeta es cada vez más pequeño y menos oscuro. Quizá tiene más búsquedas también. Y, por lo que vemos y sabemos, cada día tenemos más respuestas a múltiples dudas y, sobremanera, a todo aquello que parecía exclusivo de ciertos círculos. No sólo es la tecnología la razón de este nuevo escenario y posibilidades. En plena Guerra Fría pudo ocurrir también que existía la voluntad política para hacer de la información una herramienta política para combatir a las hegemonías, para facilitar y ampliar el conocimiento y posibilitar sociedades abiertas a favor del ser humano.

La diferencia de nuestro ahora es ante todo política: hay actores, activistas, pensadores y movimientos que no soportan la opacidad de la acción de países, gobiernos, empresas, políticos y empresarios. Antes parecía normal, como un designio inescrutable. Y el surgimiento de esta corriente no es gratuito. Como todo proceso ha ido cociéndose también por el impulso que provoca una acción arrasadora de aquellas fuerzas con intención de controlarlo todo a costa de cualquier derecho, norma, regulación, ley y soberanías. En este nuevo siglo, muchas de esas fuerzas se autoproclamaron únicas y homogéneas, singulares para todo. Hicieron un pacto abierto para ocultar lo de fondo: la vigilancia global. Pero esa ambición cuesta, no es fácil, asume muchos riesgos.

El 30 de julio de 2010 el portavoz de la Casa Blanca, Robert Gibbs, en una entrevista al programa Today, de la cadena NBC, dijo: (la Casa Blanca) “solo puede implorar a la persona que tiene los documentos que no los cuelgue más en Internet”. Ese día quedará grabado en la memoria de los Estados Unidos. Nunca antes un portavoz oficial había pronunciado palabras de ese calibre, ni siquiera en los momentos más críticos como la Segunda Guerra Mundial, la guerra en Vietnam y Corea.

Gibbs se refería a la filtración de unos 90 mil documentos de WikiLeaks sobre las acciones estadounidenses en Afganistán. Según él, con la divulgación y conocimiento de esas acciones, “ha puesto en peligro las vidas de personal afgano que trabaja con las fuerzas estadounidenses en ese país”. Y sentenció la frase que hasta ahora no se ha cumplido: los talibanes habrían asegurado que buscarían a las personas nombradas en esos documentos para tomar represalias. De hecho, el día siguiente WikiLeaks ofreció que no publicaría 15.000 documentos adicionales para no agravar la situación.

En ese momento, para muchos, la historia de la humanidad tomó otro rumbo, pero también el periodismo ingresó en una crisis y autoevaluación de su sentido y trabajo sobre lo que informa en torno a determinados hechos. En algunas declaraciones, Julian Assange ha dicho que muchos periódicos y periodistas contribuyeron a construir una “realidad” sobre la base de lo que ciertas potencias y poderes forjaron para justificar guerras y acciones contra naciones y personas que no coinciden con las políticas de las potencias.

Pero WikiLeaks no era una organización desconocida. WikiLeaks (del inglés “leak”: fuga, goteo, filtración de información) se define como una organización mediática internacional sin fines de lucro. Desde diciembre de 2006, a través de su sitio web, muestra informes anónimos y documentos filtrados “con contenido sensible en materia de interés público, preservando el anonimato de sus fuentes”. Ha acumulado hasta ahora 1,2 millones de documentos. Su creador es Julian Assange, quien se autodefine como periodista. Aunque públicamente nunca ha dicho dónde y cuándo nació se conoce que fue en 1971 en Townsville, ciudad de la costa noroeste australiana. Varios testimonios recogidos por la prensa internacional confirman ese dato, pues han sido entrevistados algunos de sus conocidos y/o allegados. Para Suelette Dreyfus, periodista e investigadora australiana, Assange es alguien “con una mente brillante, apasionado por la tecnología y con un gran sentido de la moral política, muy interesado en la obligación del Estado de rendir cuentas ante los ciudadanos. El concepto de justicia le había fascinado desde siempre. Julian fue un autodidacta, que lo aprendió casi todo leyendo a los clásicos. Su madre me contó una vez que le leía a Aristóteles, Eurípides o Shakespeare a la hora de dormir”.

No se trata de un personaje cualquiera. Tiene una postura política que para estos tiempos adquiere el carácter de revolucionario. Por donde se vea, hacer una lucha por la transparencia, en contra del espionaje, generando información clave y neurálgico que grupos poderosos quieren ocultar es un acto revolucionario. De ahí que Assange y WikiLeaks constituyan la mayor arma antiimperialista de estos tiempos.

Desde entonces, valga la reiteración, el mundo ya no fue el mismo. Por dos razones de peso: la hegemonía totalitaria de la información se resquebrajó como una taza de porcelana que no puede volver a ser la misma, por más barniz que se coloque. Y como tal esa situación obligó a una revisión de todos los procedimientos sobre seguridad informativa, informes secretos y documentos o registros documentales sobre la acción militar, política y empresarial de la supuesta mayor potencia del mundo. Siendo lo que ya no fue, esa hegemonía ha perdido prestigio y credibilidad frente a sus propios socios, pero sobre todo frente a esa maquinaria mediática que lo justificaba todo al considerarla como la base de una nueva cultura para este siglo. Una cultura que incluye sus valores democráticos como universales y sus normas como dignos de toda imitación.

La segunda razón: evidentemente se ha forjado en la conciencia ciudadana del mundo un imaginario distinto de lo que significa el poder, la democracia y la convivencia pacífica. Las nuevas generaciones, las que no experimentaron los momentos más significativos de la Guerra Fría, quizá no entiendan el impacto de un salto de esta naturaleza, pero sí asumen un nuevo momento de la historia, la que les toca vivir y forjar. Este nuevo momento tiene en su mente una compulsión potente: por mucho tiempo se mintió con base al ocultamiento forzado de datos y realidades.

No olvidemos que todo esto coincide con esta crisis financiera mundial, donde hay países que quebraron por salvar a los bancos. Esta crisis, incluso, pudo ser mucho más aguda si no hubiese medios de comunicación que ocultaron información porque sus principales socios y auspiciantes eran y son esas empresas e instituciones financieras quebradas tras el descalabro de un modelo y de un sistema de acumulación exclusivamente a favor del capital y no de las sociedades. Y todo esto ocurre también con la emergencia de movimientos sociales que pugnan por una mayor participación en la toma de decisiones, en la discusión de las salidas a la crisis y por alcanzar otro sistema de representación de modo que no excluya a los ciudadanos y evite, en algo, la corporativización de la política alrededor del mercado como único paradigma. Y que también pide transparencia y acceso a la información pública.

Además ocurre cuando hay países con procesos políticos a favor del buen vivir, de un equilibrio con la naturaleza, para profundizar la representación y la participación, que no se ajustan necesariamente a los dogmas y mandatos de los organismos financieros internacionales y mucho menos acuden a las recetas del FMI. Y donde hay transparencia en la información para estimular una mejor ciudadanización en la toma de decisiones. Pero también se da cuando toma fuerza la alianza de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Ellos son los más importantes emisores de Inversión Extranjera Directa al pasar de 7.000 millones de dólares en 2000 (1% del total global) a 126.000 millones en 2012 (9%). Y esto sin desconocer que esa inversión aumenta en los países en desarrollo con un ritmo cada vez más acelerado, donde EE.UU. pierde terreno porque está preocupado por otras “tareas” geopolíticas y belicistas perversas.

Los cinco países representan un 42% de la población mundial (7.000 millones), el 45% de la fuerza laboral del planeta, 21% del Producto Interno Bruto del mundo y el comercio entre ellos acumula 282.000 millones de dólares.

Con esas cifras bastaría para pensar en la transición temprana y acelerada de un imperio a otro, pero no se trata de un imperio único, impositivo, belicoso y belicista. Al contrario, lo que se escucha de los principales líderes de esas cinco naciones aumenta y sostiene la teoría de que viviremos pronto en un mundo multipolar con otros sentidos del poder. Nadie duda que a la cabeza está China, pero esta nación ¿tiene la intención de cumplir el rol de EE.UU. durante el siglo XX? Al parecer no por los indicios de su accionar diplomático y militar, sin descontar su agresivo comportamiento económico.

Evidentemente, los cambios globales sólo pueden tener sentido en lo local. De ahí que las transformaciones mundiales, el tránsito de unas hegemonías a otras o de la multipolaridad deben nacer de la construcción de procesos en cada región o país. En América Latina hay un acelerado proceso de politización a favor de la recuperación de lo público y de una reorientación del Estado, tras ese pesado y doloroso proceso de privatización. Con todo, la manera de afrontar estas tareas ha sido una larga lucha, incluso con concepciones y visiones de sectores sociales que adquirieron cierto estatus con sus conquistas en detrimento de otros y sin mejorar sustancialmente su calidad de vida.

Los pilares de esas luchas por la recuperación de lo público tuvieron unas victorias parciales y muy puntuales sin una perspectiva de poder más amplia. Por ejemplo: en Ecuador se aprobó la Ley Orgánica de Transparencia y Acceso a la Información Pública (LOTAIP) en el año 2005 y con ello se concretó una lucha de largo aliento para facilitar un nivel de transparencia en la gestión pública dado que por muchos años la corrupción se sembraba en la opacidad y en el secretismo de la administración de los recursos. Sin embargo, eso no constituyó para nada una mayor apertura ni consolidó una corriente para la mejor administración. Sólo con la llegada del gobierno de Rafael Correa y, junto con él, con la creación de instituciones y normativas (entre ellas el sistema de compras públicas), además de la creación de una plataforma de internet para la rendición de cuentas, se pudo fomentar otro tipo de accesibilidad.

Con esta conquista parecía que se había llegado lejos y hasta ahora algunas organizaciones consideran como un hito sin valorar que no sólo se trata de controlar al poder con la transparencia sino que el modelo mismo que sustentaba la opacidad y la corrupción es la causa de esos males. Pero de muy mal gusto resultó que la transparencia y el acceso ocultaban el otro tema de fondo: la libertad de expresión y la independencia de los medios con respecto a los grupos económicos y financieros que gestaron la crisis económica del continente en los 80 y 90, con consecuencias y efectos letales en este siglo.

Y si a eso se une que sorpresivamente los medios de comunicación pasaron a ser los actores políticos por excelencia, se prueba que no era lo más importante el acceso a la información sino el sostenimiento de un modelo y de unas estructuras a favor del capital. Parecería que el eslogan era “toda la transparencia y el acceso para seguir con la misma inequidad y con los mismos privilegios”.

En cambio, saltó a la palestra el tema de la libertad de expresión y constituye hasta ahora la bandera de todos los sectores que se oponen a una transformación social hacia un modelo que elimine como prioridad la de los bancos y grupos oligárquicos. Por ello las leyes de comunicación fueron el pivote de toda la disputa política bajo el argumento de que la libertad no se puede regular.

“El debate sobre la libertad de expresión al interior de Ecuador y alrededor del mismo es tan intenso y rico a la vez que a pesar de la extrema polarización gobierno–medios, resulta positivo para la sociedad al final. Esto incentiva el pluralismo, hace que la ciudadanía reflexione sobre el verdadero significado y sobre el real alcance de la libertad de expresión. Ya no sólo se debate sobre el legítimo derecho de la prensa a cuestionar y vigilar a los gobernantes, sin que de por medio exista ninguna censura previa, sino que paralelamente se debate también sobre la responsabilidad ulterior de los medios, de lo que publican, sobre el derecho de la sociedad a exigir que la información que recibe sea veraz, objetiva y contextualizada. En Ecuador han decidido que la prensa sí debe ser regulada por la sociedad. Esta decisión viene desde la legitimidad democrática de la nueva Constitución y de un referéndum con una pregunta específica sobre el tema”, ha dicho Fidel Narváez, cónsul del Ecuador en Inglaterra.

Y él mismo acota esa relación del tema con lo ocurrido con WikiLeaks: “Al concederle asilo político a Julian Assange, los ataques a Ecuador se incrementaron por parte de grupos de pseudo defensa de la ‘libertad de expresión’, tratando quizás de minimizar el rol que el país ya venía jugando en la democratización de la información. Si proteger a Assange es percibido como una postura a favor de la transparencia total por parte de los gobernantes hacia la ciudadanía, en buena hora. Que un país abandere esas consignas propias de la sociedad civil es la mejor contribución a esas batallas a las que hace alusión tu pregunta y la mejor prueba de que el Ecuador ahora puede jugar un papel importante en el concierto internacional”.

Parece una buena casualidad, pero no. Que en Ecuador se discuta y apruebe la Ley Orgánica de Comunicación y que al mismo tiempo Julian Assange pida asilo en la embajada de Londres bajo el argumento de que es el país que le garantiza el respeto a sus derechos a muchos sectores les resulta incomprensible. Lo cierto es que en algún punto se tocan los principios desde las emergencias de fenómenos políticos, aparentemente dispares.

Lo de fondo en realidad es que el mundo clama por otras condiciones para las libertades y no sólo como enunciados o planteamientos retóricos. Por lo mismo, cuando Assange y América Latina encuentran ese contacto es porque a nivel global la lucha por una verdadera transparencia va más allá de una ley o de un caso de espionaje.

LA PRENSA: ¿EL ÚLTIMO REDUCTO DE LA OPACIDAD?

Paradójicamente desde quienes más reclaman transparencia y libertad de información es desde donde más se produce opacidad. Los medios liberales de información y las cadenas internacionales de televisión no han hecho más que ocultar información importante para sus audiencias.

El caso más simbólico es El Mercurio de Chile, que en octubre de 2013 reconoció ante la justicia de ese país que colaboró con la CIA para el derrocamiento de Salvador Allende. Siendo ésta además una prueba de incontestable evidencia acerca de su línea editorial e informativa de los últimos 50 años. No hay que abundar mucho: silenció procesos sociales, atacó a luchadores políticos, cobijó las atrocidades y delitos de lesa humanidad, sin descontar el conjunto de acciones empresariales para favorecer unas políticas y combatir las demandas populares.

Con las revelaciones de WikiLeaks la prensa mundial reveló su verdadero rostro: al principio las acogieron como un gran aporte para el escándalo mediático y ganando con ellos auspicios y rating. Pero al sentir el peso de la potencia hegemónica han dejado de lado al fundador de WikiLeaks: lo señalan, estigmatizan y condenan públicamente. Y a ello se añade el mismo hecho de dejar de lado toda la información generada por esa organización. Colocada en la web ahora ya no importa, ya no es un gran insumo noticioso.

Los grandes medios creen que si ellos no publican la gente no se entera. Sin embargo, Internet y los múltiples medios creados para informar, por los propios ciudadanos y por decenas de miles de organizaciones rompen ese monopolio y gestan otro escenario para la difusión y circulación de información a nivel planetario. De hecho, con este fenómeno las grandes cadenas informativas rediseñan sus estrategias para capturar más audiencias y se encuentran con una barrera: los ciudadanos son otros y cuentan con múltiples fuentes de información para forjar su propio criterio sobre los más diversos temas.

Y, al mismo tiempo, esos grandes medios de prensa están sometidos a otra presión: la de las grandes corporaciones financieras y de las empresas más poderosas (entre ellas las de la industria de la guerra y el armamentismo) que no soportan la transparencia y utilizan todos los recursos posibles para fijar la agenda noticiosa sin ser ellas tocadas o cuestionadas. Por eso se entiende que un medio salte a la palestra cuando revela algo y sea foco de atención.

Con todo esto podemos afirmar que los medios ya no se miden por grandes o chicos sino por reveladores y ocultadores, por abiertos y opacos, profesionales y vendidos, éticos y corruptos. La bipolaridad puede ser dura, pero grafica de la mejor manera ese modo como se construye la realidad. En otras palabras, el relato ya no es monopolio, aunque todavía hay un peso fuerte de su agenda política porque están coaligados con los sectores políticos y empresariales.

Finalmente, un punto de quiebre es la lucha de quienes, como decía al principio, han abierto más el mundo y lo han hecho más cercano: una suma de ideas, pensamientos, actores, redes y movimientos a favor de una democracia más participativa y transparente, donde se forjen esos procesos ciudadanos para transformaciones reales. Y eso pasa por arrebatar el monopolio del relato y la información, gestar una verdadera ecología de la información para superar ese falso dilema: llenos y abrumados de noticias, menos informados y con menos capacidad de decisión.

Al respecto hay que considerar dos elementos importantes: la generación de periodistas que nace en estos tiempos advierte unos cambios en su horizonte, vertiginosos y variables, que no coinciden con los de sus maestros de universidad ni de redacciones. En otras palabras: la dinámica de lo mediático está sustentada en la innovación más intensa que no necesariamente se armoniza con las teorías que lo apoyan para un ejercicio profesional mucho más integral. El otro elemento es que la pérdida de credibilidad de los medios de comunicación ha bajado el estatus o peso social de los periodistas que se consideraron por mucho tiempo infalibles y de un respeto enorme. Incluso, por mucho tiempo esos periodistas no arribaban al terreno de la política porque su profesión era casi una militancia apolítica.

Ahora tenemos por delante un oficio con menos brillo y oportunidades que antes, unos periodistas casi sometidos a la dictadura de la tecnología que no la controlan y de la cual son cuasi esclavos, no por sus contenidos sino porque éstos se deben adaptar a esas condiciones.

Todo ello sin descontar que la proliferación de fuentes informativas, redes sociales, medios de comunicación y un sinnúmero de mecanismos para contar con datos de primera mano, a veces en tiempo real, desconfiguran el perfil del periodista.

Por eso, a la hora de señalar el rumbo del planeta nos encontramos con nuevos escenarios para su sustentación como espacio y como ámbito para la disputa política desde los resortes mediáticos. Sería un sacrilegio decir que Julian Assange ha hecho más que Ernesto “Che” Guevara por acabar con una forma de imperialismo y sin disparar un solo tiro, pero en términos prácticos con las revelaciones de WikiLeaks se ha hecho mucho más que algunas guerrillas juntas del mundo.

Con lo cual volvemos al principio: el mundo es más pequeño pero tiene unas complejidades que requieren de otra reflexión para poder abordarlas en la necesidad de entenderlas y darles una salida política.

EL FIN (CON) SENTIDO DEL PERIODISMO DE “KARAOKE”

No lo vamos a dudar: hay una disputa política e ideológica por ejercer hegemonía, pero ya no cualquier hegemonía, y menos una que se reduzca a sostenerse colgada y afirmada sólo desde cierto poder económico. Este momento, aunque no lo parezca, es el de mayor disputa cultural, por donde se vea. Y por ello los medios de comunicación, la prensa en general, han optado por participar de ese juego perverso que es colocar como referentes culturales hegemónicos a lo que “vende” y “oferta” Hollywood y su maquinaria.

De ahí que no es raro, mucho menos sorprendente, que las secciones culturales de casi todos los medios de comunicación del Ecuador (que refleja una tendencia en el mundo) coincidan con esos referentes y trabajen como tornillos de esa maquinaria. En esa disputa por ejercer hegemonía los medios, particularmente los periódicos ecuatorianos, se han apropiado del término “cultura” para usarlo como sinónimo de espectáculo y farándula. En otras palabras hacen pasar a la cultura, en cada una de sus ofertas y agendas mediáticas, como el espectáculo que, si bien forma parte de la cultura, no se reduce a eso y mucho menos es su representación más evidente.

Habría que recuperar para este análisis la antigua crítica marxista que destacaba la pasión ideológica por escarbar en aquellas zonas del pensamiento que se consideran “pasadas de moda”, pues hoy parece que la sociedad debe ser despolitizada, desideologizada y sin crítica de los paradigmas en disputa, para afrontar la existencia de un otro que dialoga con el resto desde sus propios presupuestos espirituales o sus miradas subjetivas. Todo esto porque a alguien se le ocurrió que antes que el “fin de la historia” hay y hubo un “fin de la política”, como si con eso se dejara debajo de la alfombra las verdaderas pasiones y hasta pulsiones políticas de todos los individuos, independientemente del lugar que ocupen en el “modo de producción” de la cultura. Como si con el fin de la política, para reiterar el legado marxista, hubiese desaparecido la lucha de clases y todos los antagonismos habidos y por haber en cada sociedad y en cada cultura.

Porque en la práctica, este modelo de prensa sobre lo que ocurre en la cultura sostiene con bases aparentemente desideologizadas y hasta despolitizadas, un proyecto pragmático, racional, supuestamente consensuado desde lo que le interesa a la gente, libre de cualquier utopía y muy pegado a un hedonismo “universal”, que sólo tiene una imagen única: el karaoke de lo cultural. O sea: todos cantan según la letra que viene en la pantalla de algún “ordenador cultural universal”. Donde, para variar, como gran gesto de tolerancia, ahora entran negros, asiáticos, latinos, indios e indígenas, bajo los mismos modelos, pero al estilo de Benetton: todos somos distintos, pero nos asumimos iguales para disputar el mismo y “único” mercado global.

¿Por qué decimos que es el momento de mayor disputa cultural? Por dos razones: primero porque, independientemente de los procesos políticos ocurridos, a veces como fenómenos y en ocasiones como accidentes, las “culturas” de todos esos países (de América Latina, de Asia, de África, los árabes y los de la región balcánica) pujan por posicionar sus expresiones culturales en un gran mercado mundial. Y lo hacen para encontrar un “nicho” comercial que reditúe ganancia, industria y también estatus económico y artístico. Y por eso, quizá, es lo único que dejan entrever los medios de comunicación en su lógica de observar todo desde la óptica del mercado y la fama.

Segundo: los medios tradicionales, las redes sociales, los nuevos registros, formatos y respaldos para difundir expresiones y actividades culturales han ampliado el campo de la comunicación para conocer o, por lo menos, informarnos de lo que ocurre en cualquier rincón del mundo. Y por tanto, ya no hay una sola fuente de información o unos circuitos informativos que instalen una agenda única, unidireccional y hasta ideológica de un único signo. Por eso, en su propia lógica de mercado, el mismo Hollywood asimila (“compra”) contenidos y propuestas artísticas de otras zonas del planeta, en un acto aparente de tolerancia e inclusión. De lo cual la prensa se hace eco sin filtro y menos criticidad para entender el proceso o fenómeno que se produce a nivel planetario.

Por eso cabe la pregunta: ¿es cultural eso que ponen los medios a diario en su agenda informativa cuando hablan en verdad de farándula, espectáculo, intimidades, líos sentimentales y, de vez en cuando alguna obra, película, novela o exposición? En realidad, ahí hay algo más que la típica justificación de que “eso es lo que quiere el público”. Podríamos advertir que en realidad ocurre y se desarrolla una propuesta neoconservadora de hegemonía por la vía de cierta aparente inocencia informativa.

Acogiéndonos al concepto clásico de que lo que importa es que la gente no piense y sólo se “divierta”, sería más fácil explicarse por qué hacen eso los medios, pero si buceamos un poco más allá, también podríamos arribar a una primera reflexión: esa es la forma, el formato y los contenidos desde donde quieren que la gente piense. Por eso es más importante el personaje que la persona, el éxito que la trascendencia, la noticia de hoy que la historia y la Historia. Para esa lógica neoconservadora (de la cual no es víctima la prensa sino su brazo ejecutor) los procesos como una expresión de la cultura no existen, sino que tan sólo son la calidad de la noticia que genera expectación, morbo y hasta exaltación de los “sentimientos” más básicos de la gente, así como suena: gente en general.

Para graficar el tema, un estudio de CIESPAL sobre los periódicos y sus secciones culturales revela que un diario quiteño considera como cultura a “las formas de vida, costumbres y comportamientos que se comparten dentro de un determinado grupo social. Sin embargo, asumen, desde el cargo que ocupan (periodistas), a la cultura como el conjunto de expresiones artísticas que van de acuerdo a la categorización de cultura que ha realizado el periódico previamente”. Por tanto, no queda claro qué mismo abordan y desde qué mirada escriben los periodistas sobre los hechos culturales: ¿sólo sobre lo que corresponde a las “expresiones artísticas” o también sobre “las formas de vida, costumbres y comportamientos”?

Si fuese exclusivamente lo primero, se entiende y hasta se acepta que exista coherencia entre lo que publican y lo que dicen que se debe publicar. Por ejemplo: las muertes de Michael Jackson, ocurrida el 25 de junio de 2009, y la de Amy Winehouse, el 23 de julio de 2011, por situar dos casos paradigmáticos, concentraron tanto la atención de la prensa y sus secciones culturales, desde una mirada policíaca y sangrienta, pasando por la económica (¿cuánto dinero dejan y quiénes son sus beneficiarios?) y terminando por cierta referencia, muy tangencial, al significado, ahí sí cultural, de su trabajo artístico. ¿Ocurriría algo igual si en este momento fallece Lady Gaga? Mucho más, pero cuántos periodistas “culturales” no esperan una noticia así todos los días para desatar sus dotes de sabelotodos y escribir sobre cada uno de estos “íconos de la cultura popular”.

Es que en esa disputa hegemónica entra otro elemento de la discusión sobre el rol (así: redundante y pomposamente) de los medios de prensa en la noticiabilidad de la realidad. Es decir, es noticia lo que saca de la rutina a la gente y la coloca en su propia dimensión: “Si yo fuera famoso y muriera, ganara un premio o lanzara una obra, estaría en la conversación de todo el público”. Y se han construido todos los dispositivos para reaccionar ante esas “noticias de interés general”. Y entre noticia y noticia (muerte y muerte) no pasa nada: sólo hay una agenda diaria que colocar, unos horarios y unos datos según el artista que se presente, el concierto que se anuncie o una infidelidad que se comente. Por supuesto, bajo la angustia de no tener más de qué hablar, pues la cultura se reduce a esas “noticias”.

Surgen entonces estas interrogantes, válidas a la hora de observar desde afuera este “fenómeno de la comunicación cultural”: ¿por qué se debe abordar la cultura como una expresión de la vida, pensamiento, costumbres y cambios en la gente? ¿Esa cultura tiene que tocar aspectos de la vida política de cada país, pero desde sus problemas más esenciales, aquellos que cambian la mirada y hasta trastocan los paradigmas con los que se relaciona la gente? ¡Sí y mil veces sí! ¡Esa es la obvia y lógica razón de una sección cultural! Y por una razón mucho más válida para el caso de los periódicos, que no se reduce a la noticia cultural: ellos están obligados a explicar las noticias y estas ya no son sólo hechos extraordinarios sino acontecimientos con una carga de historicidad compleja. Y también porque los lectores de ahora ya no son los mismos que los de antes.

Por lo tanto, el llamado periodismo cultural está obligado a proponer el debate de los cambios fundamentales en la sociedad, de las transformaciones de la forma de vida de la gente, las relaciones entre las culturas y sociedades en un espacio geográfico concreto y en el planeta.

Sin descartar, por supuesto, cómo las “bellas artes” interpretan esos cambios y confrontan con las sociedades sus visiones sobre esos mismos cambios. Por lo mismo, ese periodismo cultural está obligado a revisar sus prácticas, rutinas y hasta los perfiles de sus periodistas. Ello implica superar la condición de relacionadores públicos de los eventos y actividades “artísticas”, para pasar a exploradores, indagadores y pensadores del conjunto de los temas que abordan temáticamente los periódicos en las otras secciones.

Y eso no quita que también las redacciones culturales diseñen otro tipo de diálogo con sus lectores a partir de las transformaciones, pensamientos, paradigmas y “locuras” que las culturas proponen a sus sociedades, incluidas aquellas que no son del “buen gusto” de los editores, dueños de los medios o de sus anunciantes. Eso tampoco impide que ese mundo “hedonista” propuesto desde Hollywood sea motivo de reflexión y debate, pasando por asuntos como las soberanías audiovisuales y las tendencias estéticas que se construyen desde algunos mestizajes y también por parte de las industrias culturales “periféricas”. Todo esto para que la sociedad dialogue desde otros referentes y con la intención de sobrepasar las agendas, nada inocentes porque nacen de gestores y relacionadores públicos eficientes para “comprometer” a un medio a “cubrir” todos sus eventos. En caso contrario, ese periodismo cultural quedará para satisfacer al mercado y moldear su existencia bajo esas lógicas.

Finalmente, como parte de esta discusión, no está demás establecer una distinción entre políticas públicas para la cultura e intereses culturales privados, aunque en la práctica, desde los dos ámbitos, se desaten procesos culturales dialogantes e interconectados. A veces esa distinción marca también el comportamiento de autoridades, actores culturales y medios. Por cierto, cada uno, muchas veces, con miradas distintas sobre los mismos temas.

De ahí que la prensa, en general, se constituya en un escenario de circulación de ideas, propuesta de debates, registro de los cambios, reflexión sobre las transformaciones más visibles y de las que no lo son tanto. Pero lastimosamente, por ahora no hay esa sensibilidad, por decir lo menos. Incluso, la formación de los periodistas está anclada para imaginar que su rutina será para codearse con los famosos y desde ahí comprender la realidad y no  precisamente al revés. El reto, por ahora, es complejizar esa realidad y necesidad.

¿POR QUÉ HABLAR DE CULTURA EN LOS MEDIOS Y NO DE MEDIOS EN LA CULTURA?

Si por algo incluyo este tema, el de la cultura en los medios, es porque sin un cambio de fondo en la lectura que hacemos de la realidad el patrón de reflexión será el mismo. Cuando hablamos de ausencia de criticidad en la ciudadanía o de politización de la misma para tomar decisiones reflexivas pasa porque el peso mayor en la atención mundial está en el fútbol y en la farándula, desde matrices culturales ajenas a la mayoría de países del planeta.

Es un poco exagerado decir que nada va a cambiar en el mundo si no hay una transformación de mentalidad en la forma de abordar la realidad desde la actual condición de los medios que no se piensan como factores de reproducción ideológica, sino como meros procesadores de consumo. Es lamentable la queja reiterada de los mismos editorialistas de los periódicos de que ahora se lee menos y en sus propios diarios se da menos espacio a la lectura, se copa de imágenes y los contenidos no invitan a ninguna reflexión sino solo a la sensación y a la emoción. Y es insoportable exigir a las nuevas generaciones mejor preparación mientras los que exigen no entienden los mecanismos y resortes del relacionamiento de los jóvenes con la realidad desde otras miradas y con nuevas tecnologías.

Vivimos quizá uno de los momentos de mayor nivel de consumo, a pesar de los grandes desniveles sociales. Y en ello se está manifestando constantemente la penetración del consumo a través de los medios para afirmar una misma matriz económica sin dar lugar a la reflexión o por lo menos a la crítica de lo que ese consumo genera, incluso en perjuicio de la naturaleza y del medio ambiente que dicen los jóvenes es uno de sus nuevos paradigmas fundamentales.

Tenemos por delante un paisaje anti ecológico de la comunicación, cargado de nubes, nubarrones y unas emisiones venenosas para poder entender qué futuro nos depara esta situación. El deber y responsabilidad, entonces, pasa por abrir el debate pero no desde los lugares comunes y las mismas premisas. Por lo menos, ahora, sin duda alguna, la historia es un gran referente para eso: el siglo pasado estuvo plagado de debates que no tuvieron el suficiente eco de los medios de la época y por eso no se entendió o se confundió mucho de lo que grandes pensadores colocaron para imaginar otro futuro.

Entonces, el mayor reto es que los medios, las fuentes informativas, los actores sociales, políticos y culturales tengan a la mano la más amplia información y argumentos para ese debate. Y eso solo será posible cuando abordemos como un asunto de interés público el amplio espectro de la comunicación, aunque los actores privados del mismo aspiren legítimamente a usufructuar de él.

Revista Patria, Ministerio de Defensa Nacional del Ecuador, Quito.

 

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