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“En América Latina el verdadero partido político de la derecha es el poder mediático que trabaja para erosionar a los gobiernos populistas”

José Pablo Feinmann, filósofo, escritor, periodista y argentino acaba de publicar Filosofía política del poder mediático, un provocador libro que sitúa el poder mediático, el poder de los medios de comunicación, en el centro de nuestro tiempo globalizado que idiotiza las conciencias.

Partiendo de la consigna “hizo más Bill Gates que Descartes por la centralización del sujeto”,

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José Pablo Feinmann, filósofo, escritor, periodista y argentino acaba de publicar Filosofía política del poder mediático, un provocador libro que sitúa el poder mediático, el poder de los medios de comunicación, en el centro de nuestro tiempo globalizado que idiotiza las conciencias.

Partiendo de la consigna “hizo más Bill Gates que Descartes por la centralización del sujeto”,

narra una situación preapocalíptica que se proyecta en el siglo XXI, en la que las subjetividades son colonizadas. El capitalismo ha realizado una revolución que se expresa peligrosamente por medio del imperio bélico norteamericano, al mismo tiempo que se arroja sobre el mundo con su inteligente utilización del entertainment idiotizante pero gozoso.

El elemento terrorífico que se añade es el poder de Internet como elemento de sumisión: un medio que se vislumbró como herramienta de liberación se ha transformado en una agencia de control sutil desde cualquier lugar remoto del planeta.

Monopolizar la información es la utopía de todo poder mediático, y esto ya ha sido hecho, dice Feinmann. Las voces alternativas son pequeñas: penetrar la red de esa complejidad es su objetivo.

En este libro brillante, un ensayo autónomo deleitará a los lectores: la culocracia. El culo-idiotizante aparece como esencial al espíritu de dominación del capitalismo modelo siglo XXI, el de los mass-media desbocados.

Y ahí entran el universo revulsivo de los programas de espectá(culos) para cerrar con los denunciantes Assange y Snowden que acusan al Big Brother de Internet en un mundo de espías.

Feinmann capta con sensibilidad singular una época compleja tramada por zonas grises en un libro desafiante y endemoniado. Sin temerle a la autoironía o autoparodia, no deja de adscribir un peso importante al rol simbólico del escritor como intelectual que da testimonio de la experiencia de un país y de un mundo, confiriendo con ello a esa experiencia una identidad pública.

El poder bajo la modernidad informática

Filosofía política del poder mediático encara un tema en el que hay tela para cortar. Últimamente se viene escuchando mucho –en Argentina, pero también en Ecuador, Venezuela y, por supuesto, en los Estados Unidos–, aquello de que el poder fáctico está por encima del poder político. Día tras día, hora tras hora, ingresan a nuestras casas extraños que actúan, conducen, bailan, cantan, viajan, hacen el amor, se meten en la comida, se meten en nuestra cama, en nuestros sueños. Lo mismo sucede con los diarios, con las redes sociales, con las aplicaciones del celular.

Al mismo tiempo que desentraña historia, presente y futuro de las manipulaciones de los medios masivos de comunicación, José Pablo Feinmann se ofrece, en cierta forma, como carne de cañón, y de esa manera va dejando aparecer su cara más auténtica.

El libro abre con una cita “excepcional” de Mariano Moreno (político y patriota argentino): “Los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice”.

Después, al sumergirse en una antropología de la verdad, el autor recrea con una gran carga de humor un confesionario y un consultorio. “En la Edad Media, la verdad era la que Dios revelaba al Papa, que se la revelaba a los obispos, que se la revelaban a los sacerdotes, que confesaban a los pecadores. Luego el sacerdote enviaba la información al Vaticano, con lo cual era un sistema perfecto de control, al que Foucault llamó ‘poder pastoral’. Más adelante –prosiguió–, reemplazó la relación del ciervo y el pastor por la del médico y el paciente. Eso lo llevó a dos análisis formidables: Historia de la locura en la época clásica y Vigilar y castigar.” A partir de El panóptico, “librito” de Jeremy Bentham, Foucault llega a la sociedad panóptica. Y de ahí la idea de Feinmann de un Big Brother panóptico. “Desde éste nos espían, tema que ha entrado en estado público con Manning, con Assange, con la rebeldía de Dilma contra Estados Unidos y con la revelación de que Internet no es un juego inocente.”

“En América Latina, el verdadero partido político de la derecha es el poder mediático –sostiene Feinmann–. Los medios han tomado la acción política que erosiona a los gobiernos llamados populistas. Para el neoliberalismo, un gobierno populista es como la peste, porque el neoliberalismo se caracteriza por la búsqueda de un Estado mínimo y un mercado desregulado. ¿Por qué quiere desregular el mercado? –se pregunta–. Porque si el mercado es regulado, ese accionar estará orientado en favor de los pequeños y medianos competidores. El mercado libre concentra el poder en los poderosos, por eso es antidemocrático.”

Admirador de Sartre, concedió que “se le da también por largar frases sartreanas, como ‘quien vive toda la vida bajo el señorío de los otros vive muerto’”. “El autor cree que el poder mediático es tan poderoso que penetra hasta en el goce”, indicó. Lo graficó así: “Un tipo va a trabajar a la mañana, lo aguanta al patrón; almuerza, trabaja más, vuelve a casa escuchando esos programas de radio horribles que se llaman Usted vuelve a su hogar; llega, saluda a su mujer, come algo y enciende la televisión. ¿Qué ve? Una mujer poderosa que logra ponerse el caño entre las nalgas. El tipo se queda atónito. ‘¿Cómo puede existir algo así?’ Gira la cabeza, mira a su patrona y se lamenta. Se van a dormir y al día siguiente empieza de nuevo”. La conclusión fue dolorosamente inclusiva: “Ese tipo vivió muerto”.

La culocracia

Al respecto, Feinmann tiró un concepto medular de Filosofía política… el culo idiotizante. “El autor considera al trasero como la imagen hegemónica de la modernidad informática, esencial al espíritu de dominación del capitalismo del siglo XXI”, postuló. “El culo se mira en la modalidad de lo imposible, de lo castrante.”

“Ahora se busca idiotizar y dominar al sujeto, de ahí la culocracia. La culocracia es uno de los elementos del entretenimiento al servicio de la seducción, el aniquilamiento de la subjetividad a través del sexo. Lo de Quevedo y Santo Tomás lo puse porque me gustaba a mí, es verdad eso de que el libro es muy caprichoso”, reconoce entre carcajadas.

Feinmann es un maestro, entre otras cosas, porque mucho de lo que afirma ayuda a pensar cuestiones similares que pueden completar, relativizar o inclusive ponerlo en tela de juicio. Esa condición mayéutica adquiere gran potencial en este ensayo sobre culocracia, donde cada lector podrá aportar innumerables ejemplos que, pruébelo usted mismo, ratificarán lo que expone el filósofo. ¿Un ejemplo? Si bien se trata de un fenómeno que se da en gran parte del mundo, Feinmann llega a determinar que este auge del culo y su consiguiente apropiación por parte del poder mediático coincide con los años noventa en nuestro país. Y en esa década surgió el desfile Cola Reef. La idea, de hecho, fue de Fernando Aguerre, exitoso empresario argentino, amante del surf y ex CEO de esa marca de sandalias que se creó sólo con 4000 dólares iniciales y la terminaron vendiendo en 2005 por una cifra millonaria. En el medio hubo una idea, la de este muchacho: hacer publicidad con las mejores colas. Y así Reef se convirtió en el mayor vendedor de sandalias del mundo.

El ensayo de Feinmann es tan osado y, a la vez, pertinente, que logra poner en palabras algo que todo intuimos: precisiones e implicancias acerca de la naturaleza unisex del culo, del clarísimo giro que hubo en los últimos años de las tetas (Sofia Loren, la Coca Sarli) al culo (Cinthia Fernández, Jésica Cirio), a tal punto que hoy por hoy el viejo dilema argentino parece totalmente superado. Tan actual es este ensayo que existe, inclusive, una canción que podría ilustrarlo. Se llama, precisamente, “culocracia” y es, todo tiene que ver con todo, de Los Calzones: “La culocracia /que nos conduce/ que tira bombas/ y que reprime al mundo./ la culocracia /que nos gobierna/ que nos arrastra/ la que te aplasta/”.

 

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