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Nacional

Panamá, un primer balance

Por Atilio A. Borón  

Tal como se esperaba, la cumbre de Panamá giró en torno de dos temas: la relación bilateral Estados Unidos-Cuba y la absurda “orden ejecutiva” emitida por la Casa Blanca en contra de Venezuela, mientras que otros asuntos de relevancia hemisférica pasaron a un segundo plano. Era obvio que si los países de la Unasur concurrían a Panamá la agresión a Venezuela se situaría en el centro del debate, por más que Roberta Jacobson, la secretaria de Estado adjunta para Asuntos Hemisféricos, hubiese declarado que “el caso de Venezuela no sería discutido en Panamá”.

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Por Atilio A. Borón  

Tal como se esperaba, la cumbre de Panamá giró en torno de dos temas: la relación bilateral Estados Unidos-Cuba y la absurda “orden ejecutiva” emitida por la Casa Blanca en contra de Venezuela, mientras que otros asuntos de relevancia hemisférica pasaron a un segundo plano. Era obvio que si los países de la Unasur concurrían a Panamá la agresión a Venezuela se situaría en el centro del debate, por más que Roberta Jacobson, la secretaria de Estado adjunta para Asuntos Hemisféricos, hubiese declarado que “el caso de Venezuela no sería discutido en Panamá”.

Y ante un punto de inflexión histórico como el deshielo en las relaciones de Washington con La Habana sólo cabía esperar que un tema de tal trascendencia ocupara el centro de la escena.

Un primer balance de la cumbre coloca en el lado del haber la ratificación del proceso de normalización diplomática entre esos dos países, abriendo un sendero al final del cual la isla caribeña podrá arrojar por la borda el lastre de más de medio siglo de bloqueos, amenazas y sabotajes de todo tipo. Flagelos que no le impidieron alcanzar en rubros como la salud, la educación, la seguridad social o el acceso a la cultura índices comparables con los de los países desarrollados. Si algo pudo comprobar Barack Obama en fechas recientes fue la dimensión continental, sin fisuras, del apoyo que la Revolución Cubana ha logrado consolidar en esta parte del mundo y, por añadidura, en el concierto internacional.

Las reiteradas y abrumadoras votaciones en la ONU exigiendo el fin del bloqueo norteamericano así lo comprueban. Unanimidad que sorprendió al jefe de la Casa Blanca –hablando por boca de Jacobson– cuando ésta expresó su decepción ante el absoluto rechazo que la Unasur y la Celac manifestaron frente al decreto firmado por Obama el 9 de marzo. Este se encontró de pronto con una región que pese a su heterogeneidad sociopolítica se plantó con firmeza en defensa de un valor también universal –pero que no está incluido en el repertorio oficial de Estados Unidos– como es el respeto por la autodeterminación y el rechazo a toda forma de intervencionismo imperial. Tardíamente advertido de que América latina y el Caribe ya no eran las de antes, la Casa Blanca tuvo que aclarar, previamente a su llegada a Panamá, que el decreto de marras no había que tomarlo al pie de la letra porque era una cosa burocrática y que se estaba trabajando para eliminar a Cuba de la lista de países patrocinantes del terrorismo. Curioso terrorismo el nuestro, ironizaba el presidente Raúl Castro, “que pone los muertos y los discapacitados (3478 y 2099 respectivamente) mientras otros ponen las bombas”. Todo esto fue reconocido en la intervención de Obama en la Cumbre, que también hizo público su compromiso de lograr una mayoría en el Congreso que ponga fin al bloqueo.
El inesperado encuentro de Nicolás Maduro con el presidente norteamericano –que el bolivariano calificó como “serio, franco y cordial”– es una muestra más del giro copernicano que se produjo en las relaciones del imperio con los otrora obedientes satélites que en 1962 expulsaran a Cuba del sistema interamericano. ¿Alguien podría haber creído, cuando en el 2005 George W. Bush llegaba a Mar del Plata para imponer el ALCA, que un gobierno latinoamericano –el de Ecuador– podría desalojar a los militares estadounidenses de la base de Manta u otorgar asilo diplomático a Julian Assange, el enemigo público número uno de Estados Unidos (junto con Edward Snowden) sin correr la misma suerte que Jacobo Arbenz, Juan Bosch o Salvador Allende en Chile? Cambia, todo cambia, recordaba la gran Mercedes Sosa.

Un saldo también positivo fue la didáctica franqueza, inusual en este tipo de almibarados cónclaves, con que algunos mandatarios: Raúl Castro, Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Fernández historiaron y denunciaron el saqueo practicado por el imperialismo en la región, su permanente desestabilización de gobiernos democráticos y populares y la incoherencia de la postura norteamericana, que fustiga a algunos gobiernos latinoamericanos por sus supuestos déficit democráticos pero convalida las bárbaras teocracias del Golfo Pérsico. Un socio al que jamás Washington le reprocha nada es Arabia Saudita, donde los partidos políticos están prohibidos, los opositores son exterminados, la prensa absolutamente aherrojada y los derechos humanos, especialmente de las mujeres y ciertas minorías, minuciosamente conculcados. Allí no hay problemas de derechos humanos, gobernabilidad democrática o libertad de prensa: éstas son pestilencias que afectan a los gobiernos progresistas y de izquierda de Nuestra América. Incoherencia que es obscena a la hora de comparar las antitéticas políticas seguidas en relación con países con sistemas unipartidarios: todo bien si se trata de China, un escándalo en el caso de Cuba. El peso de estas incoherencias es tan brutal que todo el edificio discursivo, el “relato” norteamericano, se ha desmoronado irreparablemente. La mellada eficacia de aquél quiere ser reemplazada con el músculo del Pentágono, para desgracia de la humanidad. El empeño fracasará, pero dejará tras de sí un tendal de muertos.

¿Cuál es el “debe” de este balance? No todos los gobiernos actuaron con la misma firmeza. Acompañaron pero en algunos casos sin demasiada convicción. No se pudo discutir sobre las bases militares, las migraciones, la indiferencia ante la destrucción del medio ambiente, etcétera. La obstinación de Washington de no querer oír sino lo que le dicen sus asesores y los lamebotas intelectuales y políticos del imperio se puso de nuevo en evidencia cuando Obama abandonó el recinto poco después de escuchar el rotundo y fundado discurso del presidente cubano. El hecho de que luego mantuviera una larga reunión con éste y una más breve pero muy significativa con Maduro señala claramente la aversión del imperio por este tipo de encuentros. Lo que se dijo y lo que se reprodujo ampliamente por los medios, aun los más incondicionales aliados de Washington, es algo que, recuerda Chomsky, nunca debería ser escuchado por el vulgo. Todo esto lleva a pensar si habrá una VIII cumbre.

Página/12, Buenos Aires.

 

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