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Carlos Gaviria, el estadista decente

Por Alpher Rojas C.  

Gaviria fue un ser humano de excepcional probidad, que entró a la historia por sus propios méritos.

Para el notable historiador de las ideas Isaiah Berlín, en todos los pensadores hay dos actitudes, dos visiones extraordinarias. Por un lado, aquella que lo relaciona todo con una visión central, un único principio organizador.

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Por Alpher Rojas C.  

Gaviria fue un ser humano de excepcional probidad, que entró a la historia por sus propios méritos.

Para el notable historiador de las ideas Isaiah Berlín, en todos los pensadores hay dos actitudes, dos visiones extraordinarias. Por un lado, aquella que lo relaciona todo con una visión central, un único principio organizador.

Por otro, aquellas disposiciones “que persiguen muchos fines, a menudo no relacionados y aun contradictorios o incoherentes, no vinculados por algún principio moral o estático; estos últimos efectúan acciones y sostienen ideas que son centrífugas, no centrípetas”. Los primeros son monistas; los segundos, pluralistas.

Sin duda, un adecuado criterio para identificar el linaje discursivo y la coherencia ética y dialéctica en las contribuciones intelectuales de Carlos Gaviria Díaz al debate democrático, a la filosofía del derecho y a la historia política, preocupaciones que nutrieron su brillante ejercicio académico, el liderazgo político de izquierda y la visión pluralista del proyecto de sociedad que anidaban en su privilegiado cerebro. En estos campos solo dos antecedentes comparables poseyeron su lucidez y su capacidad omnicomprensiva de los asuntos públicos en Colombia: Darío Echandía y Gerardo Molina.

El maestro Gaviria fue —qué duda cabe— un personaje público de la más alta significación, un ser humano de excepcional probidad que entró a la historia por sus propios méritos. Pese a haber sido uno de los más admirados hombres de cultura de nuestro tiempo, no fue un intelectual encerrado en su mundo hermético, sino que prodigó su magisterio con generosidad y cortesía, atributos esenciales de su carácter. Claro, despreciaba la teatralidad y la intriga, porque su concepto del deber estaba a la altura de la más rigurosa ética y su pensamiento, puesto en la responsabilidad moral con la democracia y la convivencia social.

En su productivo tránsito por la Corte Constitucional, Gaviria presentó y sustentó un formidable corpus de ideas en defensa de los valores democráticos y los derechos humanos, identificado con postulados centrales de la modernidad, el multiculturalismo y los nuevos sujetos políticos; legisló en favor de la eutanasia, los derechos de los homosexuales y la despenalización de la dosis personal de marihuana. Por cierto, en una de sus esclarecedoras ponencias — “La degradación de una utopía” —, advirtió sin ambages: “No son las normas constitutivas de nuestro régimen de derecho, desde luego perfectibles, las que nos han sumido en el atolladero angustioso en que nos encontramos. Son las prácticas depravadas que las han subrogado, las responsables de esta involución incontenible hacia el estado de naturaleza”.

Como senador, brilló por la agudeza de sus reflexiones y la precisión de su pensamiento. Sus afiladas ironías contra simuladores y charlatanes fueron célebres, como cuando el

ministro Fernando Londoño Hoyos defendía el sombrío gobierno de Álvaro Uribe e intentó redondear su inflamada oratoria citando a Samuel Pufendorf, el gran teórico del derecho natural moderno. Gaviria Díaz descubrió la falsedad de la referencia y lo demolió incompasivamente con una severidad quirúrgica. Científica. Luminosa.

Esa precisión histórica, conceptual y lingüística en la construcción de sus presentaciones tenía origen en su capacidad de observar los fenómenos sociopolíticos y en su eficaz conciencia crítica. Para su gozo, había creado el territorio de sensibilidad apropiado para disfrutar la complejidad del conocimiento teórico a través de su poderosa retentiva de lector sin pausas. Y en política, era la síntesis distintiva de liberalismo y socialismo, fuentes de las que extrajo el material primario de su universo ideológico tan finamente elaborado.

Desde su ejemplar resistencia intelectual, su espíritu inconforme invitó a explorar el complejo horizonte de la inasible verdad y sus criterios; acercó a sus audiencias y contertulios al insuperable arte de razonar correctamente por medio de la lógica política. Con su lucidez premonitoria en un tiempo en el que la sociedad valora únicamente lo utilitario desde un sentido irracional y deshumanizado de la existencia, el maestro Gaviria produjo un ideario que muchos colombianos apoyaron para que produjera un cambio sustancial en la estructura del Estado.

En uno de sus pronunciamientos, manifestó con elocuencia insuperable: “Siempre he creído que las ideas son parte fundamental de la vida democrática. No puedo creer que podamos pensar los cambios que reclama la nación sin replantearnos con vigor el sentido de nuestras metas y aspiraciones colectivas. Tengo la convicción de que Colombia necesita pensar la política de otra manera, ejercerla a través de los medios de civilización y respeto que la humanidad entera busca anhelante. La ética, o, para decirlo de otra manera, la decencia pública, no es un adorno o sortilegio de la vida, sino que, por el contrario, expresa las realizaciones de la virtud ciudadana y la fuerza de la democracia, viva, actuante y participativa”.

Su sorpresivo deceso privó a los colombianos de haber tenido —¡al fin! — al comando de la nación a un verdadero estadista, independiente, honorable y sabio.

El Tiempo, Bogotá.

 

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