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¿De quién es la tierra en Colombia?

Por Reinaldo Spitaletta  

Hace años escuchábamos en reuniones universitarias una canción sobre campesinos y tierras, compuesta por Toro y Petrocelli: “Cuando tenga la tierra / formaré con los grillos / una orquesta donde canten / los que piensan”.

Eran días en que se agitaba una vieja consigna, jamás cumplida en Colombia: “La tierra para el que la trabaja”. Y también se cantaba otra canción del chileno Víctor Jara: ¡A desalambrar!

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Por Reinaldo Spitaletta  

Hace años escuchábamos en reuniones universitarias una canción sobre campesinos y tierras, compuesta por Toro y Petrocelli: “Cuando tenga la tierra / formaré con los grillos / una orquesta donde canten / los que piensan”.

Eran días en que se agitaba una vieja consigna, jamás cumplida en Colombia: “La tierra para el que la trabaja”. Y también se cantaba otra canción del chileno Víctor Jara: ¡A desalambrar!

Recuerdo, además, que los estudiantes hablábamos sobre reformas agrarias, y nos apenaba que, tras estudiar procesos de tenencias de tierra en Colombia, encontrábamos que jamás una de esas operaciones se hubiera realizado en el país. La mucha y extensa tierra seguía siendo de unos pocos. Y los muchos que nada tenían, eran peones, jornaleros, o los habían expulsado de sus parcelas. Desterrados.

Por aquellos días, un cuento de Juan Rulfo nos estremecía cuando de propiedades terrenales se discutía. A unos campesinos les habían dado una tierra en la que ni se levantaban los zopilotes y que jamás produciría maíz. Y así, había en la ciudad una preocupación por los del campo. A muchos los habían arrojado a los ríos, despedazados. A otros, les esquilmaron la tierra. Y listo. Una eterna historia que produjo conflictos y latifundios; víctimas y victimarios. “Cuando tenga la tierra… cantaré”, seguían soñando tantos.

Y si en estos lugares, en la Colombia, no ha habido reformas agrarias, sí, en cambio, se han dado contrarreformas. A punta de bala y machete y abundancia de miedos, para despojar a campechanos y fortalecer a los grandes terratenientes. El presidente de laRepública (o republiqueta), el señor Santos, como se sabe, representa a una élite de propietarios de tierras, a los que ganan sin producir, a los que poseen extensos territorios con ganadería extensiva y sin cultivos. A los que, según el reciente censo agropecuario, tienen el 41 % de los 113 millones de hectáreas de uso agrícola. Una minoría que representa el 0.4 % de propietarios.

La pregunta que ronda es si sin una auténtica reforma agraria en Colombia, una reforma que termine con la inequidad en el campo, sí se resolverá, por ejemplo, el conflicto armado. Desde los días aciagos de los “pájaros” (como el Cóndor Lozano, verbi gracia), pasando por las guerrillas, los paramilitares, los carteles de las drogas (de los que se han servido los anteriores), las diversas bandas armadas y otros espantos, el conflicto por la tenencia de la tierra ha estado inundado de sangre.

La última contrarreforma agraria en el país estuvo liderada por el terrorismo paramilitar, que se apoderó de las mejores tierras y provocó un largo éxodo de campesinos. El proyecto “paraco”, que tenía como señuelo dizque la lucha contra la subversión, era, en realidad, una propuesta económica y política en la que también se vincularon terratenientes y ganaderos, aparte de industriales y otros tipos de rancias estirpes (o algo así dijo el extraditado H.H. en algunas audiencias y por eso lo mandaron a temperar a Estados Unidos para que no soltara la lengua), con el fin de “refundar la patria”.

Y dentro de esas maneras de rapar la tierra al campesinado en Colombia, de dejarlo de carne de cañón, de paria, que además los que se quedan cultivando no tienen mercado y el TLC los volvió papilla, digo que dentro de esas formas no tan sutiles del despojo, está la de preferir de parte del Estado que los campesinos sean trabajadores agrícolas y no propietarios. Casos se han visto. Como el de Carimagua, por ejemplo.

Y cuando se habla con tanta pompa y ceremonia de restituciones de tierras, se oculta la esencia de un Estado al servicio de las expoliaciones y los atentados contra el campesino pobre. No se advierten, digamos, las “sugerencias” (más bien, órdenes) del Banco Mundial (BM) de que hay que pasar la tierra a los “usuarios más eficientes”, en las que, desde luego, están las transnacionales, que sí aprovechan la “movilidad de los derechos de propiedad”, según palabras del BM en 2007.

Las canciones de aquellos días se pueden seguir escuchando porque, de veras, nada ha cambiado desde entonces. Siguen campeando los grandes terratenientes y continúan las miserias de los muchos campesinos sin tierra. “Si molesto con mi canto / a alguien que no quiere oír / le aseguro que es un gringo / o un dueño de este país”.

El Espectador, Bogotá.

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