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La crisis de un modelo

Por Juan Diego García  

Los gobiernos latinoamericanos y caribeños que siguen a pie juntillas las directrices neoliberales, alineados ahora en la llamada Alianza del Pacífico, registran con honda preocupación la caída violenta de los precios de las materias primas en el mercado mundial. La caída se produce por disminución de la demanda por parte de las economías centrales pero igualmente por la manipulación que llevan a cabo los especuladores internacionales.

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Por Juan Diego García  

Los gobiernos latinoamericanos y caribeños que siguen a pie juntillas las directrices neoliberales, alineados ahora en la llamada Alianza del Pacífico, registran con honda preocupación la caída violenta de los precios de las materias primas en el mercado mundial. La caída se produce por disminución de la demanda por parte de las economías centrales pero igualmente por la manipulación que llevan a cabo los especuladores internacionales.

También por motivos de estrategia política. Tal es el caso del incremento de la oferta petrolera impulsada por los Estados Unidos con la ayuda de sus aliados árabes (un arma que ya usaron contra la URSS y ahora tiene como objetivo primordial, entre otros, a  Rusia y a Venezuela).

Este modelo económico, que centra los esfuerzos en la exportación de materias primas, mercancías con escaso valor agregado y mano de obra barata a las economías centrales, asume que los beneficios obtenidos financiarán su desarrollo. Una década de precios altos parecía confirmar esta hipótesis, hasta que llegó la crisis. En cuanto disminuyen precios y demanda (como sucede ahora) el modelo muestra todas sus limitaciones. Desde México a Chile, pasando por Perú y Colombia (los adalides del neoliberalismo en la región) las autoridades observan con honda preocupación cómo disminuye el caudal de divisas sin que hasta los más optimistas se atrevan a pronosticar una pronta salida.

En muchos de estos países (también en Centro América y el Caribe) una parte creciente de las divisas proviene de las remesas que envían los emigrantes. La crisis en las metrópolis y su consecuencia de masivo desempleo golpea en primer lugar a este colectivo de suerte que disminuyen los envíos y se produce también el regreso masivo de quienes se aventuraron a buscar mejores horizontes en Estados Unidos y Europa.

Solo algunos productos parecen estar a salvo. El oro, por ejemplo, que es un “producto refugio”, al menos por ahora. Su demanda y precio crecen o al menos se mantienen. El cannabis, la cocaína o la heroína tampoco parecen afectados por la crisis pero su urgente regulación y alguna forma de legalización (que gana fuerza ante el fracaso rotundo de las políticas represivas) seguramente disminuirán su importancia como fuente de divisas; además, Estados Unidos ya es un uno de los principales productores mundiales de marihuana. También contribuyen a disminuir el impacto de la disminución de la demanda los nuevos mercados de las “potencias emergentes” (China, en primer lugar), menos afectados por la crisis.

La estrategia “extractivista” también es practicada por gobiernos que han optado por un modelo diferente con el objetivo de alcanzar un desarrollo libre de las deformaciones y desequilibrios que caracterizan estas sociedades; y, también se ven afectados. Los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Bolivia inclusive se proponen desmantelar el capitalismo y avanzar hacia un orden diferente de carácter socialista, mientras Brasil, Argentina o Uruguay no buscan salir del capitalismo pero si del modelo neoliberal impulsado por el Consenso de Washington. Pero todos mantienen de una u otra forma estructuras básicas del modelo de sociedad que tiene en ese “extractivismo” uno de sus pilares fundamentales: exportan materias primas, alimentos y mercancías de escasa elaboración que apenas ofrecen rincones intrascendentes en la economía mundial. En consecuencia, la caída de precios de estos productos en el mercado mundial también afecta de lleno sus programas de desarrollo e introduce dudas muy fundadas sobre la posibilidad de salir del atraso y la pobreza mientras no se supere ese capitalismo deformado y de grandes desequilibrios, mientras no se emprendan planes ambiciosos de industrialización, investigación y ciencia, integración regional y hasta algo tan elemental como la construcción de infraestructuras básicas para que el mercado interno (nacional y regional) sea una realidad.

Los partidarios de la Alianza del Pacífico -una iniciativa de Estados Unidos para imponer por otros medios su proyecto del ALCA- no tienen de momento argumentos de peso para demostrar las ventajas de su modelo de libre comercio; todo lo contrario. México, en particular, que con un tratado que le ata al carro de Estados Unidos y Canadá solo puede ofrecer resultados desastrosos: destrucción del tejido industrial, graves repercusiones en la agricultura, masiva migración de campesinos al norte, entrega de los recursos naturales del país a las transnacionales (sobre todo del petróleo) en un escenario de descomposición social y política, de corrupción y crimen organizado que lleva a pensar en el suyo como un “estado fallido”. Ni Chile, el supuesto paradigma de las bondades de este modelo neoliberal consigue escaparse de las limitaciones estructurales de esta estrategia.

Para todos estos países vale entonces una preocupación común: su actual modelo de sociedad, su tejido económico y su manera de insertarse en el mercado mundial solo conduce al mantenimiento del atraso y la pobreza. América Latina y el Caribe entregan -de una u otra manera- sus mejores recursos naturales a las economías metropolitanas casi repitiendo el viejo esquema de la relación colonial. Esos recursos tendrían que destinarse al propio desarrollo; el continente tendría que vender mercancías de cierta elaboración y no materias primas sin procesar; evitar el desangre que suponen los millones de personas que salen a ofrecerse como mano de obra barata en los mercados metropolitanos (muchas de ellas con una formación laboral suficiente que le resulta gratis a los países ricos y una pérdida irreparable para sus lugares de origen). Todos son recursos que se dilapidan, que se pierden y que deberían ser destinados al desarrollo propio.

Quienes impulsan el modelo neoliberal lo hacen porque de la pobreza de muchos depende su propio bienestar. No son burgueses con un proyecto nacional. Por su parte, quienes promueven la integración regional, el nacionalismo y la democracia social tienen el reto de hacer posible un cierto equilibrio que permita destinar las divisas del “extractivismo” no solo al gasto social sino a la industrialización y la independencia nacional. Un reto sin duda formidable.

 

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