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Los dramas y tragedias de enero

Por Lido Iacomini*  

Apenas atravesamos las fiestas de comienzos del 2015, un horrible atentado en París agitó el escenario político internacional. Este hecho repudiable no solo produce una gran confusión, borroneando los contornos de los verdaderos artífices de la inseguridad que empujan a la humanidad al borde de una nueva guerra mundial, sino desdibujan los intereses políticos y económicos que son las causas de esta aguda crisis global.

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Por Lido Iacomini*  

Apenas atravesamos las fiestas de comienzos del 2015, un horrible atentado en París agitó el escenario político internacional. Este hecho repudiable no solo produce una gran confusión, borroneando los contornos de los verdaderos artífices de la inseguridad que empujan a la humanidad al borde de una nueva guerra mundial, sino desdibujan los intereses políticos y económicos que son las causas de esta aguda crisis global.

Preludiaron, con un quizás peligroso y al menos incierto terremoto cultural en Europa, el debate político inexorable que acompañará las elecciones en Grecia y luego en España.

El ajuste, la recesión, la desocupación, en paralelo a un incremento desbocado de la inmigración desde los países azotados por la miseria, la guerra y la inestabilidad, son el trasfondo de los acontecimientos políticos europeos desde Suecia hasta Grecia, pasando por Francia, Italia e incluso Alemania. En el mejor de los casos desembocando en el crecimiento de movimientos alternativos como Podemos en España o Syriza en Grecia y en el peor de ellos disparando tragedias como la de Hebdo Charlie, alimento sangriento del engorde derechista en las sociedades europeas. El intenso dramatismo atraviesa y potencia la disputa política y cultural. Si la proximidad electoral no da tiempo para mayores devaneos teóricos que tuerzan un resultado casi anticipado en las encuestas griegas, el debate en Francia remueve las placas “tectónicas” que se superpusieron a los principios iluministas de la Revolución francesa, que parecieron postergar dos de sus tres célebres banderas, la de la “igualdad” y la “fraternidad”, reduciendo la libertad a una pretendida y sospechosa “libertad de expresión”.

Sin importar el color, gobiernos conservadores o socialdemócratas, han apresurado su realineamiento con EE.UU., abandonado sus coqueteos económicos con Moscú al ritmo de la aplicación de los planes de ajuste enterradores del pasado “estado de bienestar”. La Merkel posterga sus ambiciones de un nuevo renacimiento alemán – en el peor sentido de renacimiento como potencia-, de locomotora financiera y hegemonista de una alternativa “europea”, mientras los gobiernos franceses olvidan el antiguo orgullo gaullista. Hollande no abandona la retórica “racionalista y librepensadora” pero se encamina a la práctica de los colonizadores de Argelia, tanto en Libia como en Malí. Es deseable pensar, al menos para los postergados, que están apostando, a la corta o a la larga, a perdedor. Al menos, en la realidad, de salida de la crisis ni hablar; sólo amenazas “antiterroristas” y reforzamiento militar, de espionaje e “inteligencia”.

En la Argentina sin tregua, se cierra la primer quincena del año con una conmoción que astilla verano y vacaciones: el lunes 18 amaneció con la noticia del suicidio del fiscal Nisman, un protagonista de la oscura investigación de uno de los dos atentados más crueles de nuestra historia, que enlutó a los argentinos, particularmente a nuestra nutrida colectividad de origen judío. Remarcable porque el otro atentado fue la explosión en la embajada de Israel. Una investigación que se unidireccionó sobre la pista iraní, al gusto geopolítico de la CIA y el Mossad y a su servicio. Un atentado y una tragedia nacional pero una sustancia claramente inserta en la disputa política internacional.

La bala calibre 22 disparada por Nisman segó su vida y frustró un debate parlamentario promovido por él, los medios concentrados y un sector importante de la oposición, pero que paradójicamente se encaminaba a un fracaso de sus torcidas intenciones. En realidad, como muchas de las acciones oficiales que Cristina viene conduciendo en esta etapa final de su mandato, podía y puede aún convertirse en un legado esclarecedor, quizás no de los verdaderos terroristas que hicieron volar la AMIA, pero sí de la siniestra maniobra de encubrimiento. Un paso sanador de las heridas sociales heredadas, como los juicios sobre el genocidio y sus autores o la enorme deuda externa acumulada. Pero verdad peligrosa que aleja aún más a nuestro país de la órbita norteamericana.

La oposición, los medios concentrados y sobre todo los elementos comprometidos con el encubrimiento intentarán enturbiar las aguas: echar un manto de sospechas sobre el suicidio, culpar a Cristina y el gobierno e insistir con los argumentos de Nisman, aureolados por una muerte suspicaz. No importa la verdad –mucho menos la justicia sobre las muertes de la AMIA- solo la impunidad y el objetivo político antikirchnerista. Una investigación a fondo y transparente sobre la muerte del fiscal Nisman es imprescindible para despejar el panorama político pero sabemos que, aunque así sea, los medios insistirán en sus maniobras creadoras de la “verdad” que necesitan sus socios internacionales.

Hay acá un punto de unidad entre las tragedias de enero en París y Buenos Aires: enfocarlas en sí mismas para entenderlas solo conduce al error porque son partes constitutivas de un entramado dirigido a mantener y reposicionar el sistema económico internacional, salvaguardar el papel de la potencia hegemónica y rediseñar el mapa mundial. Los retrocesos de la década latinoamericana ganada aún son menores, desiguales y el terreno recuperable. Argentina con este gobierno viene forjando una nueva alianza internacional, ya no sólo latinoamericana, como único medio de contrarrestar la enorme presión norteamericana y europea. Los afanes autonomistas son imprescindibles y válidas las aspiraciones de no generar nuevas dependencias económicas ni políticas pero perimidos reflejos “neutralistas” en este mundo globalizado no pueden ser obstáculos ante emblocamientos forzados para no quedar acorralados, en el marco de una polarización mundial que va en desarrollo. El tour de force continuará en la Argentina y lo que pase en el 2015 con Cristina y el kirchnerismo puede desbalancear la situación de delicado equilibrio en que nos encontramos. Un triunfo popular, por ajustado que fuese, ofrecería un escenario que nos permitiría volver a soñar y pensar el futuro con renovadas esperanzas y una contribución para desgastar al imperio que tampoco deja de soñar entre el fuego de sus drones, mentiras y conspiraciones. 

*Lido Iacomini es analista político argentino, integrante del colectivo Carta Abierta

ALAI.

 

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