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Camilo Torres, el héroe que perdimos

Por Alpher Rojas C.  

Camilo era un pensador social y un analista político que desde la académica puso en marcha un gran movimiento de ideas y de crítica social, ricamente adobado por su teoría del “amor eficaz”.

¡Claro! La indignación de las élites del poder llegó a su límite cuando el eco cautivador de su palabra sacudió el frívolo hedonismo en que chalaneaban. En sus cavilaciones consideraban que en este apuesto clérigo e ilustrado sociólogo se advertían los gérmenes de un sísmico proyecto antioligárquico.

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Por Alpher Rojas C.  

Camilo era un pensador social y un analista político que desde la académica puso en marcha un gran movimiento de ideas y de crítica social, ricamente adobado por su teoría del “amor eficaz”.

¡Claro! La indignación de las élites del poder llegó a su límite cuando el eco cautivador de su palabra sacudió el frívolo hedonismo en que chalaneaban. En sus cavilaciones consideraban que en este apuesto clérigo e ilustrado sociólogo se advertían los gérmenes de un sísmico proyecto antioligárquico.

Ya se habían “quitado de encima” al ‘negro’ Gaitán y ahora –en los agitados años sesenta– las mismas ideas revestidas de humanismo cristiano resurgían en la extendida confianza popular que generaba la convocatoria al cambio del padre Camilo Torres.

Sin embargo, dada la apacible presencia corporal del sacerdote, presidida por unos ojos atentos e inteligentes, pero dulces y hasta infantiles, que contrastaban con el mensaje profundo y lúcido, sustentado en realidades rigurosamente investigadas, los dirigentes tradicionales vaticinaban para esa nueva presencia “revolucionaria” la crónica inestabilidad de las modas, de las pasiones juveniles, del “imperio de lo efímero”. No faltaban quienes –incluso desde la misma orilla– veían en su persistente fe en el ideal revolucionario una suerte de ilusión pueril del sacerdote. “Otro equivocado”, apuntaban irónicamente desde el campo inmaculado de la intelectualidad neutral.

Sin embargo, los ataques de los que fue víctima, dada la veloz circulación de su penetrante discurso social, llevaron al padre Camilo a una creciente popularidad que pocos dirigentes políticos –salvo Jorge Eliécer Gaitán– habían conocido, especialmente entre los pobres y la juventud estudiantil.

Al fin y al cabo, las cosas contra las que disparaba su artillería de científico social eran justamente las mismas con las que les ataban las manos y el pensamiento; era lógico, entonces, que aplaudieran ese sustentado desafío al establecimiento, más aun por la conexión de ambos con las ideas modernas promovidas por los intelectuales de actualidad: Nietzsche, Heidegger, Foucault y Sartre.

Camilo era un pensador social y un analista político que desde su disciplina académica –las Ciencias Sociales y en particular la Sociología– puso en marcha un gran movimiento de ideas y de crítica social, ricamente adobado por su teoría del “amor eficaz”. Su preocupación por desentrañar la verdad de las cosas, por enseñar a pensar, no se limitó a su trabajo docente y de investigador, desde que fundara con el maestro Fals Borda (en 1959) la Facultad de Sociología en la Universidad Nacional de Colombia –por cierto, la primera en su género en Latinoamérica–, sino al escrutinio de los grandes problemas de la sociedad contemporánea, precedido por un análisis amplio y científico de las causas de la pobreza y del atraso.

Para Camilo Torres, la reflexión ética no era un mero ejercicio intelectual, un juego de salón o un alarde de malabarismo lingüístico. Había aprendido de su admirado maestro Ludwig Wittgenstein que cuando dicha reflexión es genuina tiene inevitablemente profundas repercusiones en la vida personal de quien la realiza. Y la vida de Camilo fue siempre –a toda hora– un contundente testimonio de ética sin ambages ni mampuestos.

Su gran enseñanza a lo largo de esa enorme labor de pedagogía política –desarrollada desde el Frente Unido– es la de que se puede ser buceador de la verdad y militante sin ataduras tradicionales y, a la vez, ser fiel a la profesión académica y a las causas que se piensan justas, aun corriendo todos los riesgos: el de la pérdida de la propia vida y el de equivocarse.

De todos modos, Camilo –en su predilección por el cambio y la ruptura– conducía a la parte más sensible de la población colombiana del extremo de la conformidad y la “paciente sumisión” a los confines de la iconoclastia y el instinto, al ofrecer un campo más amplio para buscar luego el medio de una existencia armónica con un espíritu crítico y renovador.

Su agudo sentido crítico frente a las relaciones socioeconómicas y políticas predominantes y su inclaudicable lucha ideológica en pos de una sociedad justa le determinaron una cerrazón de espacios, empezando por la Iglesia católica, y en la encrucijada del desespero –cuando advirtió que el sistema electoral era una farsa– optó por la alternativa suicida de la lucha armada, en la práctica empujado por una clase dirigente que ha tenido la (in)capacidad de prescindir de las más lúcidas inteligencias colombianas al condenarlas a la marginalidad por el miope temor de que las reformas llegaran a desmontar sus tradicionales privilegios.

La resonancia internacional que el padre Camilo ganó en el corazón de la juventud rebelde desde su muerte en febrero de 1966 y el imaginario latinoamericano que lo volvió leyenda, como al Che Guevara, como a Salvador Allende, constituye prueba fehaciente de su dimensión humanista y demócrata. Sin duda. Héroe y mártir de Colombia.

El Tiempo, Bogotá.

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