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Clara López: ¿políticamente responsable?

Por Alfonso Gómez Méndez  

Si bien prematura, en buena parte del país –y por obvias razones con mayor intensidad en la capital– la competencia por ganar las elecciones del próximo octubre despegó ya, y está al rojo vivo.

Como para la alcaldía de Bogotá la candidata Clara López, persona de amplio reconocimiento político a nivel nacional, tiene mayor opción, su aspiración –coherente, transparente y legítima como pocas– ha comenzado a recibir ataques desde distintos flancos, algunos visibles, otros encubiertos.

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Por Alfonso Gómez Méndez  

Si bien prematura, en buena parte del país –y por obvias razones con mayor intensidad en la capital– la competencia por ganar las elecciones del próximo octubre despegó ya, y está al rojo vivo.

Como para la alcaldía de Bogotá la candidata Clara López, persona de amplio reconocimiento político a nivel nacional, tiene mayor opción, su aspiración –coherente, transparente y legítima como pocas– ha comenzado a recibir ataques desde distintos flancos, algunos visibles, otros encubiertos.

Sus opositores alegan supuesta responsabilidad política por el desempeño como secretaria de gobierno en la administración Moreno, durante la cual se presentaron gravísimos hechos de corrupción en materia de contratos y sobre cuyas investigaciones, claramente selectivas, no están todos los que son, ni son todos los que están.

Se dice, con ligereza, que Clara prolongaría las administraciones del Polo o de la izquierda con toda la carga negativa que sobre esta perciben los bogotanos y el país. Pero mucha tergiversación política hay en esas afirmaciones.

Con dificultad podría decirse, sin exagerar, que durante las administraciones Garzón, Moreno o Petro haya gobernado la izquierda de manera exclusiva y excluyente.

Por ejemplo, Lucho hizo alcaldía con Juan Manuel Ospina, honesto dirigente gremial de rancia estirpe conservadora, como segundo de a bordo. Y en las tres administraciones citadas tuvieron “cuotas” los partidos conservador, liberal y prácticamente todas las agrupaciones partidistas.

Por cierto, varios concejales de entonces y exfuncionarios llamados “cuota” política están siendo procesados o ya fueron condenados por delitos cometidos en el llamado ‘carrusel’ por todos padecido.

Ningún mandatario de esas administraciones de izquierda hubiese podido gobernar sin coaliciones, como la muy conocida del partido de ‘la U’ con Hipólito Moreno a la cabeza, durante el gobierno Moreno. Ni el Polo ni la izquierda han comandado en solitario a Bogotá, porque los alcaldes no gobiernan solos.

Gustavo Petro ni siquiera fue elegido por el Polo, que tenía excelente candidato, Aurelio Suárez, sino por el Progresismo, apoyado también a distancia por sectores económicos del establecimiento.

Clara López tiene notable trayectoria: economista, secretaria económica del presidente López Michelsen; estudió Derecho en la Universidad de los Andes; fue concejal por el galanismo, Contralora Distrital y Auditora General de la Nación.

Suspendido Samuel Moreno, el presidente Santos la escogió como alcaldesa encargada de la terna presentada por el Polo, y terminó el periodo, en semejante crisis, con más del 70 por ciento de aceptación ciudadana.

Y luego de su desempeño en la alcaldía de Moreno, entre las dos vueltas de las presidenciales, la Unidad Nacional la acogió cálidamente cuando ella, desafiando sectores de su propio partido, se la jugó por la paz y apoyó la reelección del presidente Santos.

Esos partidos no pueden ahora, súbitamente, cobrarle tal participación, que no les importó cuando solicitaron y obtuvieron su apoyo.

López no tiene mácula en su accidentada vida pública, ni ha cometido el pecado de transfuguismo, tan de moda de un tiempo a esta parte. Y si de responsabilidad política se trata, la compartiría con todos sus contradictores, dentro o fuera de la Unidad Nacional, que han hecho parte de gobiernos cuestionados, por diferentes razones.

Como candidata, está sujeta a la controversia si quiere gobernar desde el Palacio Liévano. Pero el argumento para oponérsele no puede ser el mismo que se olvide frente a sus contendores.

Porque si con la vara que se pretendería atajarla medimos a todos los demás aspirantes, ¡nos quedaríamos sin candidatos!

El Tiempo, Bogotá.

 

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