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Cría cuervos…

Por Juan Diego García  

No puede ser entendido más que como un enorme ejercicio de hipocresía que los gobiernos de las potencias occidentales se pronuncien ahora condenando en los más duros términos los atentados que han tenido lugar en Francia, como si ellos no tuviesen nada que ver con el “fundamentalismo islámico” que se cierne ahora como mortal amenaza.

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Por Juan Diego García  

No puede ser entendido más que como un enorme ejercicio de hipocresía que los gobiernos de las potencias occidentales se pronuncien ahora condenando en los más duros términos los atentados que han tenido lugar en Francia, como si ellos no tuviesen nada que ver con el “fundamentalismo islámico” que se cierne ahora como mortal amenaza.

Ni Estados Unidos ni Europa pueden alegar inocencia en el surgimiento y fortalecimiento del fenómeno fundamentalista que han utilizado a conveniencia al menos desde que se propició la expansión de los Hermanos Musulmanes para contrarrestar el nacionalismo árabe, aquel que en su día encarnaba el proyecto de Gamal Abdel Nasser en Egipto como respuesta al resurgir del colonialismo (Con la creación del estado de Israel como avanzadilla).

Las potencias Occidentales han utilizado el fundamentalismo islámico de múltiples maneras y para los fines más perversos: asegurar su dominio sobre los pueblos árabes promoviendo las rencillas y las divisiones, garantizar el saqueo de sus riquezas, someterlos políticamente y diluir su cultura para perpetuar la dominación. No es una casualidad que los principales aliados de Occidente en el mundo árabe sean precisamente las satrapías del Golfo Pérsico, con Arabia Saudí a la cabeza, un estado este último que ha sido y sigue siendo la principal fuente de financiación de todo tipo de fundamentalismos y promotor de las versiones más tradicionales y reaccionarias del Islam.

No sorprende entonces que con el dinero saudí y la asesoría directa de los Estados Unidos y Reino se apoyase a los fundamentalistas que combatían al único gobierno progresista que ha tenido Afganistán en su historia. Esa alianza “non sanctus” permitía alcanzar dos objetivos: meter a los soviéticos en su Vietnam particular (eran el único apoyo al gobierno progresista de aquel país) y recuperar una base clave para la estrategia occidental en el centro de Asia (ahora se sabe que allí existen también enormes reservas de minerales). Los fanáticos son convertidos, por obra de la conveniencia de Occidente, en “combatientes por la libertad”, que luego se independizan de sus amos y conforman Al Qaeda, el movimiento talibán y las muchas variantes del fanatismo religioso que acaban por aparecer como “Estado Islámico”, la forma más delirante que asume el fenómeno en la actualidad.

Occidente creó el fenómeno desde sus comienzos; lo entrenó adecuadamente y lo dotó de armamento sofisticado; lo lanzó a cumplir las tareas del trabajo sucio en Afganistán, Pakistán, Irak, Irán, Libia y Siria, además de las aventuras africanas del nuevo colonialismo. Y como suele ocurrir la dura realidad termina por comprobar la validez del refrán “cría cuervos y te sacarán los ojos”. Occidente creó al monstruo y éste terminó por independizarse y buscar sus objetivos propios. Ahora cual aprendiz de brujo Occidente intenta controlar el fenómeno al tiempo que aprovecha su existencia para justificar nuevas guerras en la periferia pobre del sistema mundial y para reducir aún más los ya mermados espacios de la protesta ciudadana en las metrópolis. Escudados en el elástico concepto de “terrorismo” los gobiernos justifican nuevas leyes que cercenan derechos y libertades tal como ha sucedido en los Estados Unidos después del 11 de Septiembre y se generaliza ahora en Europa. 

No es complicado para los fanáticos del fundamentalismo encontrar eco entre algunos grupos de la comunidad musulmana. La imagen de Occidente en el mundo árabe no puede ser peor como resultado de las intervenciones militares que han arrasado países enteros, provocado el éxodo de millones de persona y muerte y desolación en nombre de la democracia. Tampoco lo es tener que soportar la arrogancia de Occidente que ha instalado su base permanente de operaciones en la región con la creación del estado artificial de Israel, asumido de hecho como una prolongación de Occidente y la forma más brutal del nuevo colonialismo. Y no es mejor el panorama en los países ricos de Occidente. A la herida nunca bien sanada del pasado colonial se une ahora la situación de millones de musulmanes que malviven en la periferia de las grandes ciudades y son víctimas cotidianas de la discriminación, la humillación y el miedo que impulsa la extrema derecha en una atmósfera de islamofobia que recorre ya el continente.

La revista atacada forma parte de esa campaña de odio al Islam, escudados su autores en una versión muy particular de la llamada libertad de expresión. Sus campañas contra el Islam son permanentes y, además del mal gusto de sus caricaturas, coinciden con los lugares comunes más ordinarios del colonialismo occidental que, al igyual que los nazis, siempre ha visto a los pueblos de la periferia pobre del sistema como “untermenschen”. Vaya paradoja! Los rasgos de los personajes musulmanes que caricaturiza la revista atacada, con sus grandes narices aguileñas, ojos saltones y cabellos desordenados e hirsutos guardan un innegable parecido con las mismas que los nazis hacían contra los judíos en las campañas antisemitas de aquel entonces (a fin de cuentas, se dirá que árabes y judíos, como buenos primos hermanos, son ambos pueblos semitas).

Tanto el presidente de Francia con el resto de mandatarios que a coro se rasgan ahora las vestiduras deberían comenzar por explicar a la ciudadanía cuál ha sido su papel en las recientes guerras de Siria y Libia y en manos de quien han quedado armas, avituallamientos y dineros que tan generosamente han fluido hasta allí para apoyar a los “combatientes por la libertad” que ahora, como rueda suelta, llevan su fanatismo criminal hasta las metrópolis. Otro tanto se debe explicar a la ciudadanía sobre los apoyos generosos de Occidente a la extrema derecha de Ucrania que se ha convertido allí en el gobierno efectivo, con la directa participación de la misma extrema derecha que en Europa amenaza las formas democráticas que aún quedan y que es la más favorecida -una nueva paradoja!- por los ataques del fanatismo yijadista en Francia.

No solo hay pues una enorme hipocresía cuando las autoridades se lamentan por lo sucedido en Francia como si Occidente nada tuviera que ver con el asunto. Hay un silencio cómplice ocultando los orígenes de este terrorismo fundamentalista en cuyo nacimiento y desarrollo los gobernantes de Estados Unidos y Europa tienen una enorme responsabilidad. Ayer eran “combatientes por la libertad” o en todo caso pobres víctimas perseguidas cuando su utilización resultaba ventajosa en la estrategia contra los grandes enemigos del momento, Rusia o China (ambas naciones con enormes problemas  de fundamentalismo islámico). Si conviene, estos engendros serán considerados un “mal menor”, unos “muchachos descarriados” cuando combatan gobiernos que no son del agrado de Occidente (al igual que en su día sucedió con los “contras” en Nicaragua) o cuando prestan “servicios especiales” a gobiernos amigos (como acontece ahora con los paramilitares en Colombia); hasta que la dinámica natural de todos los mercenarios les lleve a independizarse de sus creadores, de aquellos que les han sustentado de mil maneras y busquen su propia conveniencia. Es entonces cuando Occidente clama al cielo y pide su exterminio como si en el asunto no le cupiera responsabilidad alguna.

La condena de los atentados de Francia por parte de los gobiernos progresistas de América Latina y el Caribe; la condena sin paliativos de los partidos de izquierda en todo el mundo y sobre todo la condena clara y contundente de la inmensa mayoría de la comunidad musulmana son sin duda una expresión sincera del sentimiento de pesar y consternación que afecta a las gentes sencillas.

Pero estas y muchas preguntas más quedan sin respuesta en los medios de comunicación de masas. Por ejemplo, ¿se ha preocupado algún medio o algún servicio de inteligencia por establecer a quién le están vendiendo el petróleo los fanáticos fundamentalistas que controlan los pozos en Siria, Irak y Libia? Si esa es por ahora su principal fuente de financiación habría que comenzar por establecer quiénes son los compradores, quienes son pues los cómplices necesarios. Con toda seguridad, no es el propietario de la gasolinera de barrio.

 

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