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En busca de una vía

Por Diana Calderón  

Se equivoca el presidente Santos si cree en la Tercera Vía, sin una verdadera actualización de sus principios, le sirve para ubicarse lejos de la izquierda y de la derecha iracunda.

Pasadas dos semanas de su reelección el presidente Juan Manuel Santos reunió en Cartagena a quienes fueran los líderes del mundo y hoy ex jefes de estado a un conversatorio para el relanzamiento de la llamada Tercera Vía que hace casi dos décadas le dio discurso al Nuevo Laborismo británico a cerrar veinte años de la Sra. Thatcher.

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Por Diana Calderón  

Se equivoca el presidente Santos si cree en la Tercera Vía, sin una verdadera actualización de sus principios, le sirve para ubicarse lejos de la izquierda y de la derecha iracunda.

Pasadas dos semanas de su reelección el presidente Juan Manuel Santos reunió en Cartagena a quienes fueran los líderes del mundo y hoy ex jefes de estado a un conversatorio para el relanzamiento de la llamada Tercera Vía que hace casi dos décadas le dio discurso al Nuevo Laborismo británico a cerrar veinte años de la Sra. Thatcher.

Bill Clinton, Tony Blair, Felipe González, Fernando Henrique Cardoso y Ricardo Lagos. Estados Unidos, Reino Unido, España, Brasil y Chile. Y en el centro, Colombia. El presidente colombiano quiere ser ubicado en el centro del espectro ideológico, o de una nueva derecha como plantean otros, para decirle al mundo que, aunque la izquierda lo ayudó a reelegir, en esa posición no se siente cómodo y mucho menos en deuda.

No hubo entre los invitados a ese conversatorio líderes de la izquierda colombiana, tan unida en los comicios en torno al presidente Santos por la defensa de las libertades y el proceso de paz, y tan atomizada ahora pero con claridades sobre las reformas que deben exigir y que este gobierno tiene que hacer obligatoriamente en el segundo tiempo.

Los mandatarios reunidos en Cartagena hace unos días apoyaron todos el proceso de paz en Colombia, generando la reacción airada del ex presidente Alvaro Uribe, cuyo trino en contra de la declaración final, tuvo más seguidores que las intervenciones de todos los presentes unidos y que la misma declaración que pocos leyeron. Y la razón está en que Uribe, a pesar de su ya reconocida patología iracunda, interpreta con mayor facilidad a la gente sobre todo la afectada por los ataques irracionales de la guerrilla.

Precisamente el día anterior a que se celebrara el conversatorio sobre la Tercera Vía, el ELN le había lanzado dos cilindros a la sala de TV y al casino del complejo petrolero Caño Limón dejando trece civiles heridos y suspendida la producción del oleoducto. Esa es la misma guerrilla con la que el Gobierno anunció que ya inició un proceso de paz como el que lleva a cabo con las FARC en la Habana.

Ninguno de los presentes fue capaz de redefinir la llamada Tercera Vía, a la que para ser justos solo pertenecía Tony Blair, en términos de dar respuesta a la infinidad de desafíos que plantean las realidades por lo menos de América Latina. Incluso Blair dijo que 25 años después, los principios de esa política tan en boga luego de la Guerra Fría, no requería una redefinición en sus principios y que seguía siendo la alternativa intermedia para que el estado fuera garantista y el mercado proveedor para las necesidades públicas. Decepción grande que este líder del nuevo laboralismo pareciera que no ha entendido lo que plantean cientos de manifestaciones en el mundo. Ya las primeras, las de Egipto, cumplen 5 años.

Nos quedamos sin saber si también piensa hoy lo mismo que en 2003 cuando aprobó de la mano de George Bush la invasión a Irak. Posiblemente sí, pues ha dicho en otros escenarios que lo que ocurre en Irak es producto de la inacción internacional en Siria.

Por eso, se equivoca el presidente Santos si cree la Tercera vía, sin una verdadera actualización de sus principios, le sirve para ubicarse lejos de la izquierda y de la derecha iracunda, pues los principios rectores de la filosofía política de Anthony Giddens lo que precisamente plantean es la necesidad de reconciliar valores sociales de los progresistas, garantizar la distribución del ingreso y no como un Estado proveedor de casas gratis sino como un estado inversor en educación y salud, las dos grandes reformas pendientes junto con la agraria, para lo cual, requerirá más que una vía, un nuevo liderazgo que no mine la confianza que le entregaron millones de colombianos.

Valioso aporte hicieron en Cartagena los ex presidentes Felipe González y Ricardo Lagos, quienes advierten en Colombia un país en punto de inflexión. El español dijo claramente que son inviables nuestras sociedades mientras no se solucione la inequidad y el chileno hizo una importantísima reflexión sobre la verdad como forma de reparación, que ojalá fueran escuchados por quienes hoy tienen en sus manos la posibilidad de hacer justicia para Colombia.

En Paris, en el VI Foro Económico de la OCDE para América Latina, se advertía que pesar de los crecimientos de economías como las nuestras que ya superan el 6 por ciento, la desigualdad, el endeudamiento de una clase media que crece, la falta de inversión en infraestructura, más importaciones que exportaciones y la aplazada revolución educativa siguen siendo los inaplazables.

No sé si en Paris, pero en Cartagena no se plantearon fórmulas. Ni siquiera se reivindicaron políticas. No hubo menciones a la debilidad institucional o a la corrupción del sistema político y judicial. Hubo humor sí. Y eso al menos nos dejó saber de boca de Felipe González que Aznar usa zapatos con tacón y que Luis Alberto Moreno, el colombiano presidente del BID se sube en butacos para ganar centímetros de estatura.

En buena hora, dicen, un socialdemócrata en Italia, su primer ministro Matteo Renzi, se erige como un nuevo liderazgo en Europa para reivindicar la política de manera moderna en la construcción de un proyecto de nación y para Europa entera. De nuevos liderazgos es de lo que se trata. De liderazgos como los que nos ha regalado Nestor Pekerman, el técnico colombiano, que puso a un grupo tan diverso de jugadores a moverse por un solo objetivo sin permitir goles ni juegos sucios.

El País, Madrid.

 

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