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¿Hacia dónde va el pensamiento crítico en América Latina?

Por François Houtart   

El Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), que ha jugado un papel esencial en las transformaciones socio-políticas recientes, organiza la VII Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias sociales en Medellín (Colombia) entre el 9 y el 13 de noviembre. 

Entre los invitados principales se encuentran el vicepresidente boliviano Álvaro García Linera, el expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, y el exmandatario uruguayo, José Mujica. Actores de una orientación posneoliberal. 

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Por François Houtart   

El Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), que ha jugado un papel esencial en las transformaciones socio-políticas recientes, organiza la VII Conferencia Latinoamericana y Caribeña de Ciencias sociales en Medellín (Colombia) entre el 9 y el 13 de noviembre. 

Entre los invitados principales se encuentran el vicepresidente boliviano Álvaro García Linera, el expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, y el exmandatario uruguayo, José Mujica. Actores de una orientación posneoliberal. 

Ya pasaron más de diez años del establecimiento de esta tendencia, lo cual permite tomar cierta distancia. Sin embargo, las dificultades económicas y políticas ponen en peligro este ‘modelo’ por razones que afectan a todos los países concernidos, como la caída de los precios de las commodities y otros casos particulares.

El pensamiento crítico promovido por Clacso ha sido eficaz en la deslegitimación del neoliberalismo, pero, ¿cómo actuará frente a la compleja situación de los países posneoliberales? ¿Usará un pensamiento funcionalista para legitimar las políticas actuales o un enfoque crítico para preparar el futuro de la orientación poscapitalista?

La orientación neoliberal

El neoliberalismo es una fase del capitalismo que, para favorecer el proceso de acumulación, acentúa la privatización de la producción de bienes y servicios y la liberalización de los intercambios, reduciendo el papel del Estado a sus funciones de protección de la propiedad privada y de la seguridad.

El capitalismo considera la acumulación del capital como el motor fundamental de la economía y el conjunto de los otros factores —sociales, políticos, culturales— como auxiliares de esta meta. La ley del mercado es universal, tanto geográficamente como sectorialmente. Es así como la economía se desenclava de la sociedad e impone sus normas al conjunto social (Karl Polanyi).

Este principio tiene consecuencias estructurales para las sociedades latinoamericanas. Las estrategias del capitalismo para garantizar o acelerar el proceso de acumulación son la concentración de los recursos y de las decisiones, y la ignorancia de las externalidades, es decir, lo que no entra en el cálculo del mercado (los daños ecológicos y sociales, por ejemplo).

La concentración se realiza en los dominios: tierra, con un verdadero proceso de contrarreforma agraria, en manos de grandes productores o de empresas multinacionales para desarrollar monocultivos de exportación; el capital, que se amplía en varios sectores: finanzas, petróleo, minas, agricultura; y, finalmente, la riqueza, que se mide con el índice de Gini (distancia entre los ingresos de los más ricos y de los más pobres), y que se manifiesta también por el aumento del número y del tamaño de las grandes fortunas.

Ignorar esas externalidades —no pagadas por el capital, sino por las comunidades, los pueblos, los individuos— concierne al ambiente natural y la vida colectiva. En concreto, las consecuencias son la destrucción de la selva amazónica, la contaminación de los suelos, de las aguas, del aire, la desaparición de ecosistemas y de la biodiversidad, la pérdida de la soberanía alimentaria, y, el desplazamiento de poblaciones, las migraciones hacia las grandes ciudades o el extranjero y la desertificación social del campo.

Del otro lado, los países neoliberales estiman que la lucha contra la pobreza es importante porque amplía la base del mercado. En el conjunto de América Latina desarrollan programas en esta dirección, con un grado elevado de éxito. Apoyan a los ‘objetivos del milenio’ y siguen las orientaciones del Banco Mundial (BM) en este sentido.

También se reduce al mínimo el espacio del bien común con las privatizaciones de bienes y servicios públicos, incluida la educación y la salud, a través de este discurso. Los Tratados de Libre Comercio (TLC) refuerzan la división internacional del trabajo; el sector agroexportador va en detrimento de la agricultura tradicional y con pérdida progresiva de la soberanía alimentaria y los derechos de propiedad intelectual son monopolizados por empresas multinacionales. Los países de América Latina que entran en esta categoría, con grados diferentes, son México, Guatemala, Honduras, Panamá, Colombia, Perú, Paraguay, y Chile.

Una modernización posneoliberal

El cambio político en el resto de América Latina ha incluido el retorno del Estado como regulador de la economía y redistribuidor de la riqueza; la edificación de una sociedad de bienestar social que sitúe la nación en una escala aceptable dentro del panorama internacional; el advenimiento de un capitalismo moderno que acepta la lucha contra la pobreza, porque crea más consumo, lo cual, a mediano o largo plazo, favorece al mercado… hay, incluso, inversiones públicas importantes: infraestructuras (Ecuador), educación y salud (varios países), lucha contra la pobreza con medidas compensatorias (Brasil, Ecuador y Bolivia) o la ampliación del seguro social. Como se trata de modernizar una sociedad, la iniciativa viene esencialmente al poder político, que por razones de eficacia tiende a centralizarse, dando al ejecutivo un lugar privilegiado, dejando poco espacio a la participación y concibiendo la comunicación como explicación de lo hecho.

La agricultura familiar campesina y la agricultura indígena aún son marginalizadas porque son poco productivas. Pese a las constituciones que las incluyen, la pluriculturalidad y la plurinacionalidad tienen poco espacio. La opción para promover estos principios tendría que asegurar la participación de todas las culturas, los saberes, las espiritualidades en la construcción de un paradigma poscapitalista. Eso sería un paso indispensable para la construcción de una ética adecuada, de un pensamiento crítico y de valores espirituales capaces de transformar lo cotidiano y de dar un sentido a la vida. Uno que ya funciona a pequeña escala, a través de iniciativas y movimientos populares, en varias partes del mundo. Prueba de que no se trata de una utopía en el sentido de ilusión. Se trata de construir los nuevos actores políticos que sigan el ritmo de una necesaria transformación de la cultura política, algo que es una tarea esencial, en que las ciencias políticas y sociales tienen su lugar.

El Telégrafo, Ecuador.

 

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