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Más que atropello, una estupidez

Por Reinaldo Spitaletta  

Hacía años que no había un repudio y repulsa generalizados contra las actitudes entreguistas de la oligarquía colombiana, representada hoy en el gobierno de Juan Manuel Santos, más conocido con el alias de Juampa.

La historia del país, atiborrada de violencias y otros espantos, es rica en ejemplos de vender, cuando no regalar, la nación a intereses foráneos. Para no hablar de Panamá, ni de las concesiones petroleras realizadas a principios del siglo XX a Estados Unidos, vamos a referirnos (y porque todavía no es caso juzgado) a la feria de Isagén.

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Por Reinaldo Spitaletta  

Hacía años que no había un repudio y repulsa generalizados contra las actitudes entreguistas de la oligarquía colombiana, representada hoy en el gobierno de Juan Manuel Santos, más conocido con el alias de Juampa.

La historia del país, atiborrada de violencias y otros espantos, es rica en ejemplos de vender, cuando no regalar, la nación a intereses foráneos. Para no hablar de Panamá, ni de las concesiones petroleras realizadas a principios del siglo XX a Estados Unidos, vamos a referirnos (y porque todavía no es caso juzgado) a la feria de Isagén.

Casi todo el país, excepto algunos lacayos presidenciales, estuvo en contra de las maniobras de vender a Isagén a una compañía extranjera, la canadiense Brookfield, a la que en una subasta de un solo postor se le entregó un bien estratégico nacional. En la protesta casi unánime del pueblo colombiano, en la que ochenta senadores, varios representantes, concejales, diputados se sumaron a la desobediencia civil, se notó un rechazo al gobierno santista, al que está por desbarajustársele su “unidad nacional”.

La propuesta de feriar a Isagén, que Santos y sus adláteres esgrimieron desde 2013, ya había causado un malestar general en la población. Y su inminente privatización unió en contra de esa enajenación a disímiles partidos y movimientos políticos. Una coyuntura que mostró, además, lo que ya se sabía de hace años: el neoliberalismo del presidente de la republiqueta, que continuaba, como sus predecesores, empeñando el país, rifándolo y hundiéndolo cada vez más en su condición neocolonial.

Se estaba comprometiendo un patrimonio nacional. Se ponía en venta, casi que a precio de huevo (o de güevonada), la denominada “joya de la corona” o “gallina de los huevos de oro”. Se arriesgaba no solo la generación de energía, el control de tarifas, sino el medio ambiente. El gobierno aprovechó la época de tutainas y recesos judiciales, para cerrar el negociado, a espaldas de la nación y el pueblo. Un atropello a la soberanía, un comportamiento oficial de entreguismo y de lo poco que le importan a Santos los intereses de la nación.

Y si las demostraciones masivas de descontento ante la descarada entrega no hicieron retroceder la maniobra, sí se comprobó que el gobierno de Juampa sí es, en esencia, antipopular y antipatriótico. Y sirvieron para cohesionar a la gente en torno a propósitos de levantarse contra los desafueros. Las protestas, por fortuna, continuarán.

La empresa compradora, que no es especializada en generación de energía sino en especulación financiera, no goza de buen talante. Se le ha acusado de maniobras ilegales, como promoción de sobornos y corrupción internacional. En Brasil, por ejemplo, se le adelanta un proceso por corromper a funcionarios de ese país. Así que a Brookfield le debe importar un rábano lo que pueda pasar con el equilibrio ecológico, el control de tarifas y la generación, cuando su comportamiento es el de sacar jugosas plusvalías.

Y no solo Santos desconoció el clamor popular en contra de la venta de Isagén, sino, además, las advertencias de la Procuraduría y la Contraloría, a las que se pasó por la faja. Claro que todavía el asunto está por verse, pues avanzan demandas e investigaciones, aunque, como ha sido tradición, al final de cuentas todo siga igual. O peor.

A Isagén, como se sabe, se le ferió con falacias oficiales, con argumentación desechable, como la de invertir el producto de la venta en las carreteras 4G. Y, como lo hubiera podido decir Fouché, el caso de Isagén más que un atropello, más que una arbitrariedad, es una estupidez. Y como se decía hace tiempos en las marchas de los argentinos contra el saqueo y subasta de lo público por parte de la oligarquía neoliberal de ese país, la traición debe ser cobrada por la historia y por los tribunales.

En una subasta de risa y tragicomedia, Santos entregó un recurso nacional, una empresa boyante, hecho que se constituye en otra de sus faenas de infamia, como las que implementó como ministro de Hacienda de Pastrana, cuando al pueblo le dio más sangre, más sudor y más lágrimas, o con los “falsos positivos”, cuando era ministro de Defensa del “mesías” Uribe. Todos neoliberales, claro. Acólitos del Consenso de Washington. Principitos de pacotilla.

Las movilizaciones y plantones de la gente en contra del desaguisado de Isagén, se mantendrán vivos, porque se ciernen muchas medidas oficiales contra el pueblo. Y el palo no está para cucharas.

El Espectador, Bogotá.

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