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Víctimas, el ancla de la paz

Por Cristina de la Torre  

Emulando el morbo de nuestra violencia, que mata y remata sin pudor,  María Fernanda Cabal revictimiza a las víctimas. Como si no sufrieran ya éstas los horrores de una Guerra degradada, la representante uribista difama a Ángela Giraldo, la insulta y provoca un alud de amenazas contra la mujer que encaró en Cuba a los jefes de las Farc por el asesinato de su hermano.

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Por Cristina de la Torre  

Emulando el morbo de nuestra violencia, que mata y remata sin pudor,  María Fernanda Cabal revictimiza a las víctimas. Como si no sufrieran ya éstas los horrores de una Guerra degradada, la representante uribista difama a Ángela Giraldo, la insulta y provoca un alud de amenazas contra la mujer que encaró en Cuba a los jefes de las Farc por el asesinato de su hermano.

Ofensa brutal de la derecha rabiosa que registra con alarma el paso de gigante que se ha dado hacia la paz con las requisitorias de las víctimas en plena mesa de negociaciones y el reconocimiento de las mismas por la cúpula de las Farc.

Exigieron ellas la verdad como condición inescapable de perdón en un país donde millones de ciudadanos tocan el umbral del dolor y se ven atrapados entre dos fuegos. Fuego de guerrillas, por un lado; de paramilitares y sus aliados del Estado, por el otro. En la mitad, la población inerme, objetivo militar de todos los ejércitos. Se especializaron los paramilitares en masacres, desaparición forzada, despojo, tortura y descuartizamiento con motosierra. Las guerrillas, en secuestro, sabotaje, atentados terroristas y minas antipersonas. A miembros de la Fuerza Pública se los tiene por cómplices de 158 masacres y autores de 4.716 falsos positivos contabilizados por la Fiscalía hasta el año pasado.

Muerte, destierro, destrucción y dolor son el legado de los actores de esta guerra estremecedora, escribe Gonzalo Sánchez, director del Centro de Memoria Histórica. Y no ha sido una conflagración entre combatientes sino de grupos armados contra civiles inermes, acudiendo a masacres y asesinatos selectivos. Se mata a los civiles, precisa Sánchez, para forzar su lealtad al grupo que domina una región, para debilitar al adversario o acumular poder militar. Todos ellos se justifican señalando a la población como prolongación del enemigo: “pueblo guerrillero”, “pueblo paraco”, “guerrillero de civil”.

Pero matar, desterrar, secuestrar, violar… aterrorizar no son accidentes del conflicto sino estrategia de dominio del territorio para ganar ventaja en la guerra y control de la economía de la región. Se desplaza a la población para trazar corredores de movilidad militar y rutas de narcotráfico. Y para apropiarse de la tierra. 220.000 muertos, 29.000 secuestrados, 33.000 desaparecidos son cifras de espanto. En este caso, el sufrimiento para los sobrevivientes es infinito pues, sin cuerpo, queda suspendido el duelo y el dolor no termina. Especialmente entre 1996 y 2005 se produjo, según Sanchez, “el peor baño de sangre en décadas y la ruptura de todos los límites morales de la guerra… La degradación los tocó a todos”.

Por la masacre de Bojayá, con 79 muertos,  responderán las Farc. Por la de Bahía Portete, con 45 víctimas,  los paramilitares y miembros del ejército que les ayudaron. Al testigo de San Carlos que declara para el CMH se le contestará por qué “aquí, en pleno parque, a media cuadrita del comando, tienen una base los paramilitares (con) gente retenida, gente torturando, donde le mochan la cabeza a una persona y juegan fútbol con ella”.

Tras el anhelo mayoritario de paz reverbera indignación contra todos los actores de esta guerra. Pero ha llegado la hora de las víctimas. El sufrimiento, la valentía para enfrentar a los responsables de sus tristezas, su disposición al perdón en aras de la reconciliación, las convierten en ancla moral de la paz, según expresión feliz de Humberto de la Calle. Hoy se abre esperanza cierta de vencer el imaginario que le da a la guerra estatus natural y eterno. Ángela Giraldo es su símbolo: a la dinámica de victimizar y revictimizar responde ella tendiendo la mano al victimario y a la revictimaria. Ambos le pidieron perdón.

El Espectador, Bogotá.

 

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