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Los riesgos del proceso de paz

Por Juan Diego García  

Los avances alcanzados en el diálogo entre las FARC-EP y el gobierno colombiano no solo incrementan notoriamente las expectativas de una salida pacífica del conflicto sino que intensifican las reacciones contrarias de quienes se sienten afectados en sus intereses.

En este contexto se produce la decisión de Santos de suspender los diálogos con la insurgencia por la captura de uno de sus generales más destacados en la lucha contra las guerrillas.

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Por Juan Diego García  

Los avances alcanzados en el diálogo entre las FARC-EP y el gobierno colombiano no solo incrementan notoriamente las expectativas de una salida pacífica del conflicto sino que intensifican las reacciones contrarias de quienes se sienten afectados en sus intereses.

En este contexto se produce la decisión de Santos de suspender los diálogos con la insurgencia por la captura de uno de sus generales más destacados en la lucha contra las guerrillas.

Por fortuna y muy a tiempo ambas partes (con el activo apoyo de Cuba y Noruega) han encontrado una solución y esta misma semana seguramente recobran su libertad el mencionado general y otros miembros de las fuerzas armadas hechos prisioneros por la insurgencia en desarrollo del conflicto. Los diálogos se van a retomar y el proceso que en un momento dado parecía abocado al rompimiento sale fortalecido para alegría de las mayorías sociales que apuestan por el fin la guerra.

El acontecimiento ha dado pie a múltiples interpretaciones. Algunos lo entienden como un sabotaje organizado por la extrema derecha en estrecha colaboración con ciertos sectores del ejército. Otros lo interpretan como resultado de la imprudencia de un general de quien se espera un comportamiento profesional acorde a su experiencia y rango. Lo más probable es que jamás se sepa con certeza el origen del asunto y hasta es posible que ambas interpretaciones sean ciertas: la irresponsabilidad del militar exponiéndose a ser capturado ha dado pie a los opositores al proceso para sacar ventaja del mismo. Y en parte lo han logrado, al menos en un primer momento; solo que felizmente el asunto ha dado un giro radical muy positivo. De un casi seguro rompimiento entre gobierno y guerrilla se ha pasado a una situación en la cual el proceso sale fortalecido y se sienta un precedente para situaciones similares de futuro.

La extrema derecha ha perdido una vez más. Al mismo tiempo crecen las voces que proponen que si no es posible un cese bilateral de los operativos militares si es deseable al menos medidas que rebajen la tensión y sobre todo que reduzcan al máximo la cuota de sangre y sufrimientos que la guerra trae consigo para los combatientes de ambos bandos no menos que para la población civil. Gana el proceso y ganan mucho los insurgentes que han reafirmado no solo su unidad (es un mito que la guerrilla está dividida, que no todos los frentes están por la paz) sino la capacidad y madurez política de sus dirigentes que han evaluado con acierto las consecuencias de los acontecimientos. Si alguien tendió una trampa, la insurgencia no cayó en ella. Santos, por el contrario sí, al menos en parte.

El presidente colombiano no solo incumplió lo acordado en el sentido de no vincular el proceso de los diálogos con los acontecimientos derivados de la guerra en el país (combates, atentados, retenciones, etc.) sino que ha procedido con una lógica insostenible según la cual las acciones bélicas solo son aceptables si las realiza el gobiernos pero no si las llevan a cabo los guerrilleros. Es la lógica del jugador tramposo que dice al contrario: “con cara gano yo; con sello pierdes tú”. Por fortuna, todo ha quedado en una bravata del ejecutivo que no llegó tan lejos como quería la extrema derecha rompiendo definitivamente los diálogos. La sensatez se ha impuesto.

El incidente muestra de todas formas la debilidad del gobierno y los enormes riesgos a que se ve sometido el proceso mismo. Para empezar y precisamente dado el avanzado nivel de los acuerdos aparece como cuestión central la pregunta sobre los recursos de que dispone el estado para hacer frente a los compromisos que sus delegados asumen en La Habana. Y las primeras estimaciones no generan precisamente gran optimismo dada la debilidad un estado muy limitado en todos los órdenes (por no llamarlo raquítico dada su pobreza y debilidad institucional). Como ya ha insinuado el mismo gobierno, financiar la paz supondrá un sacrificio para el bolsillo de los ricos que en este país se las ingenian para no pagar o pagar muy pocos impuestos y no son precisamente amigos de la paz.

Pero más allá de las limitaciones presupuestarias preocupa sin duda la debilidad política de un presidente que se entera de los acontecimientos después de que lo hace el jefe de la oposición; un presidente que tiene que llamar a capítulo a su ministro de defensa de forma pública y que aún no sabe qué sucedió realmente para que se produjera la captura del general y sus acompañantes. Tanto da si se trata de un sabotaje de la extrema derecha como si refleja de forma patética la irresponsabilidad de sus soldados. Si lo primero, es hora de que la ciudadanía aísle con firmeza a la minoría poderosa de terratenientes y militaristas partidarios de la guerra y les ajuste las cuentas (en las elecciones del año entrante tiene una buena oportunidad); si lo segundo, se explica cómo con uno de los ejércitos más grandes del mundo (por encima del medio millón de miembros), gastando más el 5% del PIB y dotados con la tecnología bélica más avanzada los militares colombianos resultan incapaces de vencer a una guerrilla que según los mismos datos oficiales no pasa de los diez mil combatientes, no tiene apoyo de la población, tampoco recibe ayuda extranjera y funcionan más bien como un simple grupo de delincuentes comunes. ¿O es que la realidad es otra?

Santos tiene ahora la posibilidad de meter en cintura a los militares, ya por conspiradores, ya por incapaces e irresponsables. Santos tiene que aprovechar el auge de los sentimientos favorables a la paz en el seno de la sociedad y el apoyo casi unánime de la comunidad internacional para golpear con todo rigor las maniobras de la extrema derecha que fomenta el miedo, la incertidumbre y en tantas ocasiones se burla de la ley precisamente porque sabe de la indecisión del presidente, de su ambigüedad, de sus limitaciones evidentes. Por fortuna, como sucede en tantas ocasiones las limitaciones de un gobernante se ven compensadas de lejos por las aún mayores de la oposición. En este caso, hay que subrayar el dinamismo y el entusiasmo de la ciudadanía que a diario se moviliza en favor de la paz y frustra éste y tantos otros intentos de los enemigos del proceso. En efecto, son esas mayorías que solo obtendrán beneficios con el fin del conflicto armado y constituyen la mejor garantía para arribar felizmente a puerto.

 

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